La política es el arte de hacer felices a los pueblos, según proclamó Cicerón. Sin embargo, ese arte se ha ido degradando: de vocación pública a estrategia partidista, hasta quedar reducido a una mera performance guionizada y carente de autonomía crítica. Y ni siquiera eso es lo peor. Lo verdaderamente inaceptable es que, además de evidenciar una alarmante falta de pericia, buena parte de la clase política actual incurra en la soberbia, las rencillas personales y las rivalidades emocionales, olvidando que no fue elegida para alimentar disputas de ego, sino para gestionar desafíos reales. Este escenario de patio de colegio resulta desolador y conduce a la ciudadanía a la incertidumbre y la inseguridad. Nada hay más lejos de la felicidad colectiva que el liderazgo de nuestro país en consumo de psicofármacos, síntoma evidente de una sociedad agotada y cada vez más desorientada. La clase política debería anteponer el interés público al protagonismo personal. Quien acepta el privilegio de representar a una sociedad acepta también una renuncia: la renuncia al yo. Porque el servicio público exige altura. Y la altura exige sacrificio.