Política asertiva

    27 oct 2019 / 11:11 H.
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    En el escenario de la investigación didáctica existen hoy trabajos científicos que, si bien vienen orientados, en su mayoría, a la educación , tienen plena virtualidad en la gestión de los asuntos públicos, quiero decir en el ejercicio decente y responsable de la política. Y ello es tan así particularmente, para quienes sólo contamos en nuestra infancia con el instrumento del “caton”, el catecismo, la enciclopedia con una interpretación patética de la historia de este país, por el imperio hacia Dios, la colleja del maestro y sus palmetazos. Todavía no sé por qué se nos castigaba en la palma de la mano, aunque sospecho que pudiera ser una forma indirecta de corregir el onanismo que todos practicábamos aunque la médula se reblandeciera. ¿Cómo no admirarse ahora de un proceso educativo que tiene por objeto el desarrollo integral del individuo, con indagaciones tan específicas como la asertividad que no definen personas sino conductas? Se me antoja que un poco tarde para quienes lideran nuestro presente, pero, en todo caso, existe el reto de un futuro próximo. El concepto de asertividad data de principios de este siglo y viene definido por Lacalle Pereira como la capacidad de hacer valer los propios derechos respetando también los de los demás y que podrían concretarse en las siguientes pautas: Decir “no” sin sentirse culpable/Saber expresar lo que sienten o piensan a los demás/Hablar diciendo la verdad sin necesidad de herir/Reconocer los derechos de uno mismo y los de los demás/Cuando comentes un error puedes admitirlo sin avergonzarte/No tiene que gustarte lo que todo el mundo hace/No es necesario que seas perfecto/a y no tienes por qué sentirte mal cuando eres simplemente tú. En términos políticos, en el ejercicio de la ciudadanía responsable hay que distinguir una actitud que parte del respeto a la integridad de las personas y su derechos inalienables, pero desde la perspectiva asertiva hay que ir más allá de este reconocimiento, al entender a las personas como sujetos con sentimientos que merecen no solo ser destinatarios de un mensaje que sea adecuadamente transmitido, cualquiera que sea su forma, ponderando qué se dice y cómo se dice. El problema territorial de ese país, no tiene una solución plausible. A uno y otro lado del independismo catalán o vasco no constituye solución alguna las simplificaciones de Vox o de esa otra derecha que se dice más cultivada. Tampoco la hallo en ese reduccionismo judicial de quienes invocan exclusivamente el respeto a la legalidad que, siendo necesario, no extingue los desafectos recíprocos, no atempera la irracionalidad de los sentimientos, no es, en definitiva, solución. Se me ocurre que tenderemos que valernos del ejercicio de una política asertiva, consistente en adquirir una conciencia emocional, ponerse en el lugar del otro, empatizar, conseguir una convivencia aceptada y no impuesta. Para ello acaso sea necesario se jubile toda una generación de políticos justicieros. Que Dios nos coja confesados.

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