El 43,6% de las personas que viven de alquiler están en riesgo de pobreza o exclusión social, según el informe que la red europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social (EAPN) presentó la semana pasada en Madrid. El informe señala que el sobresfuerzo que supone pagar la vivienda agrava la pobreza y también las desigualdades entre territorios. Alrededor del 25,9% de la población española vive en riesgo de pobreza y con ingresos anuales inferiores a los considerados mínimos vitales. Gran parte de estas personas, que la izquierda tradicional consideraría votantes suyos de manera natural, porque ofrecen políticas públicas que responden mejor a sus intereses, votarán sin embargo a Vox en las próximas elecciones, según la segmentación de voto que hacen algunas encuestas. Estamos en precampaña electoral y todos los partidos políticos intensifican estas semanas sus estrategias para movilizar a sus electorados. La cuestión más difícil para esta gran hazaña es saber si las emociones tienen ventaja sobre las lógicas de políticas clásicas.
Un programa electoral puede explicar las consecuencias de una reforma fiscal y el buen destino de unos buenos impuestos en diez folios, pero un mensaje populista puede resumir el mundo en diez palabras. Y la extrema derecha ofrece explicaciones sencillas a problemas complejos. Para estas opciones antisistema existe siempre una víctima, un culpable y una solución. La política democrática tradicional responde con frecuencia mediante estadísticas, argumentos políticos y razonamientos ilustrados, pero olvidan que las personas no votamos solamente con una calculadora. También votamos con nuestros miedos, agravios, esperanzas y sentimientos de pertenencia. Hay una diferencia entre los intereses objetivos y los intereses percibidos. Por eso, decirle simplemente «estás votando contra tus intereses» a esta gente, difícilmente hará que las clases populares que votan a las derechas regrese a posiciones progresistas. Una de las grandes paradojas políticas de nuestro tiempo es que una parte de quienes más necesitan un Estado social fuerte está votando a fuerzas que cuestionan algunos de sus instrumentos de redistribución y protección. Pero sería arrogante concluir que esos ciudadanos votan mal. El problema es mucho más profundo. Votan desde el miedo, la identidad, la inseguridad, el sentimiento de abandono y la necesidad de recuperar el control sobre sus vidas. Mientras unos les hablan de servicios públicos, redistribución y derechos sociales, otros han aprendido a hablarles de pertenencia, seguridad, fronteras e identidad. Banderas e himnos para mover emoción. Por eso quizás, la batalla política consiste precisamente en decidir qué miedos tienen una respuesta democrática y qué instrumentos pueden proporcionar una seguridad real. Necesitamos fortalecer nuestras democracias para poder resolver mejor los problemas que alimentan el miedo, la frustración y la pérdida de confianza. Que trabajar permita vivir con dignidad y disponer de una vivienda y un proyecto de vida. Que el estado del bienestar sea creíble y no se desmantele. Afrontar la inmigración desde lógicas humanitarias y sobre todo huir de ese frentismo estéril y dañino que acaba con todos y con todo. Además, las personas tenemos que dejar de ser invisibles en las políticas públicas. Necesitamos ser escuchados y bien tratadas. Por favor no tratarnos como idiotas en esta campaña.