Cuesta no hablar de Ceuta. Veo que el asunto se está convirtiendo en una banalidad. En algo desprovisto de seriedad. Lo veo como una especie de oportunidad histórica para tertulianos y presentadores que se llenan los bolsillos con más publicidad que contenido. Los ikerianos creen haber copado las horas de emisión, y aunque a veces suenan interesantes, hay momentos, muchos momentos, en los que la manipulación del espectador se hace evidente. El juego siempre es el mismo: cuando surge una idea interesante, se para el programa y se incluyen diez minutos, o veinte, de publicidad al objeto de dar forma a esa cuestión interesante. Pasada la publicidad, la idea se ha olvidado o se ha guardado para momentos más provechosos. Con esta actitud practicada no solo por los ikerianos, están consiguiendo que los espectadores que buscamos diversidad de criterios para poder tener el nuestro, nos cansamos de tonterías y nos vamos a películas de invasiones y parecidas. Este desfile de coroneles y generales incursos en el negocio de internet es impropio de quienes han tenido responsabilidades patrias. No menos malestar me produce el desfile de magistrados que, llevados por la buena fe de informar, se dejan caer en las preguntas impertinentes de presentadores impertinentes. Esa manera de actuar deja al telespectador, ávido de información con la miel en la boca y un resabio de cabreo por la pérdida de tiempo.