Para mí septiembre pende entre dos vacíos. La pérdida de un familiar se siente como cambiar de graduación en las gafas. Poco a poco te acostumbras a ver poco mientras la montura se escurre pero... ojalá pueda aguantar otro invierno. La pérdida tiene su propio hueco en el sofá, un día te levantas porque otras idas han llamado a la puerta y ya no cabéis todos sentados. La familia te recuerda quién eres, un presagio del nombre y una poesía torcida. La aceptas como el que tiene dolor de espalda, con días mejores y peores, pero con la seguridad de que ese valle merece la pena por las manos de tu madre o para conservar la foto familiar. Decir que la sangre está sobrevalorada es no entender que no puedes querer a todo el mundo, que la gente no cambia y que tienes que escoger constantemente a quién parecerte para acabar no asemejándote a nadie. Si somos pequeños seres con calamitosas manías, es porque hemos esperado ser la imagen perfecta de un ser imperfecto, aceptar ser suficiente pero adultos niños, pero yo he tenido suerte. La familia es una tarde de verano, cuando anochece sigue haciendo calor, cuando amanece todo esta en su lugar.