Palmeros sin gracia

    15 mar 2026 / 09:18 H.
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    Cualquiera que me conozca podrá confirmar que carezco totalmente del sentido del ritmo. Así es, soy incapaz de dar palmas sin equivocarme incluso en la Marcha Radetzky. Sin embargo, miro a mi alrededor y compruebo con estupor que vivo inmerso en un enorme tablao flamenco en el que los cantaores y las cantaoras cuentan sus acólitos por legiones. Y da igual lo que canten, ya sean alegrías, fandangos, tarantas o martinetes, cuando se interrumpe su voz los aplausos los envuelven para que no escuchen a los críticos más sesudos. Hoy no existe la disidencia, el diálogo constructivo, la negociación en busca del beneficio común de todos los espectadores. Hoy, alimentado el fanatismo hasta la obesidad, lo que prima es el descrédito del rival, conseguir su ostracismo, envilecer su forma de entender el mundo. O cantas como yo o eres lo peor, sin más argumento que discriminar la diferencia. Y todo esto se hace con la mayor impunidad, sin respetar a las personas que compran (o no) una entrada concreta para esta o aquella figura del cante. Total, que no tengo compás, qué le vamos a hacer. Lo que sí tengo, por esas contradicciones de la vida, es oído y, con el mío, puedo afirmar que todos y todas desafinan de lo lindo.

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