Oro o grana

30 ago 2017 / 11:04 H.

No, aunque el título así lo pueda sugerir, hoy no les voy a hablar de toros ni de toreros. Al contrario. Hoy saco del rincón de la memoria el recuerdo de uno de los jugadores más singulares que pasaron por el club jiennense. Un jugador peculiar, de una personalidad impredecible, con unas condicionales maravillosas para haber triunfado en el fútbol, pero que prefirió vivir su vida como él la entendía, optó por pasarlo bien a su manera y tomar el fútbol como una diversión, nunca como un fin. Este hombre, difícilmente imitable, se llamaba Antonio Fernández Villarín. Nació en Sevilla, en 1923, y fue conocido en el fútbol como “Villarín”. Se formó en el Betis y llegó a la Olímpica Jiennense de la mano del entrenador Andrés Aranda, en la temporada 1945-1946, permaneciendo también en la siguiente, en la que el club tomó ya su nombre definitivo de Real Jaén. Yo tuve la suerte de conocerle.

Era un excepcional extremo izquierda y, como persona, era incontrolable. Tenía una gracia desbordante y una simpatía que cautivaba. Se ganó el cariño de la afición. De él se decía que era la mejor pierna izquierda de España, que tenía un guante en su zurda, que llevaba un cheque en blanco en su pierna izquierda y un montón de cosas más referidas a su genial manera de concebir el fútbol. Pero Villarín tenía otros gustos más, especialmente su afición a la bebida y al cachondeo sano. El tinto era su “gasolina” y tomaba antes de los partidos e, incluso, en los descansos. El vino era el que hacía aflorar su magia futbolística. Y manejaba el balón como he visto a muy pocas grandes figuras hacer. Los inolvidables Juande y Pepe Anguita me contaban docenas de anécdotas que sería imposible repetir en este corto espacio. También el que fue entrenador del Real Jaén, Paquirrini, que fue su compañero en el Betis, me hablaba de sus genialidades dentro y fuera del terreno de juego. Algunas ya las conté. Y, miren, al final voy a hablarles de toros, porque Villarín participó en las becerradas que el Real Jaén organizó cada pretemporada. Conseguía que el público se desternillase de risa al verle hacer cabriolas ante la res luciendo un pijama a rayas, una chistera y un paraguas. Yo fui testigo de esos grandes momentos en la vieja Plaza de Toros de Jaén. Villarín no quiso elegir entre el oro de su zurda y el grana del tintorro. Murió en 1978, a los 55 años.