Adónde van las palabras que no se quedaron? / ¿A dónde van las miradas que un día partieron?”. Lo cantaba Silvio Rodríguez el pasado viernes en Sevilla, en un concierto que agotó sus entradas discretamente días después de su puesta a la venta. En dos horas y media, acompañado de siete músicos delicadamente maravillosos, nos zarandeó el alma con un recorrido íntimo por su discografía. Anda triste. Decían. Hermoso y sencillo, el trovador cubano fue depositando un terroncito de comedia en la palma de las manos en un auditorio con hambre. Porque hay hambre, hay mucha hambre de ser ante la enorme voladura de asuntos en los que la realidad nos apunta con su revólver y nos tiene entre la bolsa o la vida, la prudencia o la valentía, el compromiso o el hastío. Buscábamos nuestros asientos como quien asistía a cualquier acontecimiento. A una película más que pusiera algo de speed en eso que los politólogos llaman identidad o militancia. Pero estábamos ante alguien que a sus setenta y nueve años había solicitado al Gobierno de La Habana su kalashnikov por si la agresión yanqui. Ya ves tú. Qué podrá hacer un señor que hace canciones ante el desembarco del ejército estadounidense en la isla.
Hay algo de sagrado en las canciones que sostuvieron la resistencia juvenil contra el terror de las dictaduras latinoamericanas dirigidas desde Washington desde la Guerra Fría. Tal vez por eso alguien chistaba desde el público para que no cantásemos, para que lo que tuviéramos que tragar, se lo oyéramos decir a él, indignos los presentes de aquellos conciertos clandestinos en los que la gente se abrazaba fuerte al arrebato del arte para seguir luchando, para seguir construyendo un espacio de belleza en el asunto de existir donde la barbarie no tuviese impunidad para legislar la esperanza humana. “Ojalá pueda acordarme”, espetó el artista cuando se le pidió la canción que, dedicada a la rígida moralidad de la familia de una de sus novias, se convirtió en un himno contra la tiranía de Augusto Pinochet, que cercenó con un golpe de Estado y una represión sangrienta la esperanza política que supuso en Chile el triunfo democrático de Salvador Allende.
Estábamos con hambre de palabras miles de desconocidos a los que también se nos ha perdido el unicornio azul, enredados en dilucidar el pedigrí de un verdadero progre con circunloquios electoralistas atomizados, a cuál más sensato e ideológicamente puro, mientras el argumentario del fascismo arrasa imparable la dialéctica de todo lo que no tenía la más mínima discusión en el debate de la dignidad y ahora no encuentra obstáculo desde la emergencia democrática de los números, los tiempos, las palabras, los acuerdos. Si Adolf Hitler perpetró el exterminio de seis millones de judíos desde 1933 hasta 1944 es porque su propaganda deshumanizadora, desde los periódicos hasta los cabarets, consiguió que la sociedad alemana asumiera que colaborar con un judío era atentar contra la prosperidad de la patria. Y así Videla contra los cientos de estudiantes que arrojó adormecidos al mar desde los aviones. Netanyahu con Gaza. Y así Castro y Ortega con su más fiel disidencia cuando la revolución tuvo también un precio en los mercados. Será imperdonable comparecer sin un proyecto amplio y generoso que empiece por poner las inteligencias al servicio de la reconstrucción civil de esas palabras que hemos consentido saquear en la dulce canción que sostuvo nuestra juventud.