Octubre

    24 oct 2022 / 16:34 H.
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    El tiempo de las personas fluye con el de los pueblos, pero también con el mito y el símbolo devenidos de aquel lugar de misterio, cuyo horizonte cosmogónico pertenece a un universo en diáspora. Antes de conducir el símbolo hacia lo alegórico, percibimos esa área de libertad que nos acompaña a un universo hermético construido sobre el poder de la tierra. Tras el primer vagido, al abrir los ojos encontramos la luz inacabada de la madre y, enseguida, comenzamos a percibir el paisaje a manera de matria y a sentir el tiemblo oscuro de la noche. Para quienes habitamos la mirada sin olvidarnos de la ciudad, Jaén es un lugar de variados perfiles, bellas atardecidas y luces fugaces: Santa Catalina, La Mella, Cerro Almodóvar... abrazan la ciudad a modo de pétrea crestería sureña, protectora y solemne. La otra mirada es de perfil más uniforme y cálido, evocador de un tiempo en huida y proustiano con alrededores sosegados que dejan sobre su horizonte atardecidas para definiciones inencontrables. Al cabo, evocación que invita al hurto de un trozo de misterio del paisaje contemplado mediante esa luz procedente del candelabro cárdeno e incombustible de cualquiera de las tardes que, olivar adelante, abandonan octubre acariciando Puerto Alto con el sentimiento de la mirada.

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