La marcha del Papa, después de casi una semana en España, ha dejado un vacío sentimental porque ya no hay brillo en las palabras ni espiritualidad en las aceras. El sábado seis de junio, en varias plazas céntricas de Madrid, había grupos de jóvenes llegados desde lejos, cansados pero alegres, aferrados a una botella de agua bajo un fuerte calor de verano aún en primavera, en espera de la vigilia de aquella noche en la Plaza de Lima. Asistió un millón y medio de personas. Porque León XIV se ha erigido en muy poco tiempo en un líder de referencia. Frente a la oscura alucinación de dominio planetario de Donald Trump, que considera las bombas como único método de negociación, y la avidez monetaria de Elon Musk, primer billonario del mundo, el Santo Padre alza su voz. “En el seguimiento de Jesús, la subida a Dios pasa por el abajamiento y la entrega a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados”, escribió León XIV en su Carta Apostólica “In Veritate Fidei”, fechada en noviembre de 2025. El Papa ve a los más pobres en los migrantes, cruelmente perseguidos en EE UU y contra los que se legisla en la decadente Europa con el nuevo Pacto de Migración y Asilo. “No podemos acostumbrarnos a contar muertos”, clamó el Papa en Arguineguín (Gran Canaria), en el llamado Muelle de la Vergüenza, donde desembarcaron en 2020 decenas de pateras llenas de gente desesperada tras la imposible travesía del Atlántico, con mujeres embarazadas enfermas y muertos entre las tablas.
El Papa en España. Robert Prevost es, además, un inmenso teólogo, como lo fue Benedicto XVI. Sus extraordinarios discursos y homilías estuvieron llenos de sentido. Palabras hermosas. Sin adornos. Sin lugar para el lirismo espiritual en la frase por el cual en algún momento se deslizó la jerarquía eclesiástica. Interpeló a todos. “Necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia”. Ha afirmado Julian Barnes, recientemente galardonado con el Princesa de Asturias de las Letras, que él no es ahora más de izquierdas, sino que el centro político ha virado a la derecha. Algo semejante sucede con la visión política que se tuvo de Francisco, y ahora puede percibirse en León XIV. Papas de izquierdas. No. La doctrina de la Iglesia continúa inamovible desde hace dos mil años. Sin modificaciones en su esencia. Es el mundo el que se ha oscurecido a ritmo frenético. El fascismo ha regresado con nuevos rostros y en aparente tono light, pero con idéntica carga de peligro al del siglo XX. Frente a ese riesgo atroz está la figura del Papa. Que se siente tremendamente decepcionado con la vieja Europa, el continente que custodió la cultura y la democracia. El mundo se ha hecho cruel y vuelve la banalización del mal a la que se refirió Hannah Arendt en sus libros y conferencias. El Santo Padre expresó en el Congreso: “Que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”.
Acudí a ver a León XIV en el papamóvil por la calle Alberto Aguilera la mañana de su llegada a Madrid. Y sentí una enorme melancolía de aquella remota misa multitudinaria de San Juan Pablo II que narré para la Cadena Ser desde la aldea de El Rocío en junio de 1993. El mundo, creo, era entonces mejor.