Nuestra provincia, cabecera de cuenca, tiene gran capacidad de almacenaje de agua que podría asegurar no solo el propio consumo sino también generosos riegos de amplias superficies cultivables de esta tierra, pero las aguas de Jaén corren más que sus habitantes y se escapan Guadalquivir abajo; las estadísticas de la Confederación impúdicamente evidencian la flexibilidad de nuestros embalses que igual que crecen, pronto veremos cómo se vacían con pasmosa velocidad. La política de desembalses que sufre y padece Jaén es callada, silenciosa, torticera y de una eficacia pasmosa; el Guadalquivir por Andújar lleva más agua las noches de verano en sequía, que en pleno temporal de borrascas y los agricultores asisten pasmados al expolio y, lo que es peor, sin entenderlo. Esta tierra es generosa y los pantanos, más, hasta el punto de quedar en la indigencia hídrica para que otros naden en la abundancia. Es difícil de admitir para quienes han sido sus víctimas, por ejemplo, las familias hoy vecinas de Espeluy que hubieron de dejar sus casas y sus raíces en la aldea de Bujaraiza, que con su iglesia y su castillo yacen sepultados en el fondo del Tranco, de cuyas aguas disfrutan otros andaluces.