Don Quijote, en el Capítulo XV de la Primera Parte, le dice a Sancho para animarlo: “no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma”. Esta frase se la dice a un malherido Sancho Panza para consolarlo y la pronuncia nuestro hidalgo manchego como bálsamo de resignación ante la adversidad. A nosotros, sus lectores, nos recuerda que tanto las penas físicas como las ofensas terminan diluyéndose con el paso del tiempo y el descanso definitivo, al igual que sucede con la memoria. Si recordáramos mínimamente nuestra Europa del siglo pasado habríamos aprendido lo fácil que es destrozar la convivencia y destruir sociedades enteras. Y sabríamos que no se comenzó a destruir todo con los campos de concentración, el exterminio, las fosas comunes o la guerra, todo empezó con el racismo y la xenofobia, con el desprecio a la pluralidad, con la creación de una mentalidad paranoica frente al mundo exterior y con la invención de chivos expiatorios. Tal y como está sucediendo en nuestro tiempo. Todo se inició en el terreno de los discursos y de un lenguaje que fue poco a poco deshumanizando al adversario político, al que no pensaba igual, al diferente, hasta convertir a otros seres humanos en ratas, en plagas, en una amenaza o en un problema. Cuando todo esto se trivializó y se hizo cotidiano y no se le dio mayor importancia, empezó verdaderamente la destrucción de nuestra convivencia y nuestras sociedades. La barbarie siempre llega sutilmente con un lenguaje y unas expresiones aparentemente inofensivas que lo único que van extendiendo es la idea de que hay personas y vidas que valen menos que otras.
Pongamos algunos ejemplos. Estamos normalizando el escuchar a ultraderechistas como Trump decir que sus adversarios y los que no piensan como él son alimañas a las que hay que eliminar. Los líderes ultraderechistas israelíes califican a todos los palestinos como animales horribles e inhumanos. Milei vino a Madrid a explicar que había que acabar con los socialistas de mierda mientras los que le escuchaban gritaban “Pedro Sánchez, hijo de puta” una y otra vez. Nos hemos acostumbrado tanto a la barbarie que hasta nos resulta chistoso escuchar “me gusta la fruta” para insultar y llamar hijo de puta a nuestro presidente y no nos escandaliza que el líder de la ultraderecha llame mierda al ministro de interior o hijo de puta a nuestro presidente democráticamente elegido o que señale a personas o colectivos como una amenaza como cuando grita la consigna de “los nacionales primero”. Quieren que, con este lenguaje, como en el siglo pasado, la barbarie y la destrucción se nos hagan digeribles, que las convirtamos en algo coloquial, necesario e incluso en algo normal, natural y hasta virtuoso.
Si tuviéramos memoria del siglo XX, nos daríamos cuenta de lo que está pasando ante nuestros ojos y recordaríamos que la barbarie y la destrucción llegaron primero sutilmente y con una justificación previa con discursos llenos de odio, pronunciados desde la impunidad y la comodidad, como hoy en día, y cargados de palabras aparentemente inofensivas, pero llenas de violencia, de insultos y de amenazas. Sí, amigo Sancho, no hay memoria a quien el tiempo no acabe. En nuestro país, en concreto, deberíamos tomarnos más en serio la cuestión nacional y no dejar que los extremistas y los idealistas tomen las riendas. Para contrarrestar los discursos del odio debemos fortalecer el concepto de identidad nacional desde una perspectiva integradora y promover un patriotismo cívico, inclusivo y basado en valores democráticos que fortalezcan la cohesión colectiva frente a los que promueven el odio, la polarización y la exclusión.
Frente a aquellos que quieren construir una ciudadanía desde el rechazo, la gran mayoría debemos construirla desde la defensa de los derechos humanos fundamentales y valorando la pluralidad. No podemos dejar que aquellos que defienden que todo está permitido para imponerse unos sobre otros destruyan la idea de que todos formamos parte de una humanidad compartida. Nunca es demasiado tarde para decir que no a tanta destrucción.