No nos han robado simplemente un tesoro. Nos han robado una parte de nosotros mismos. El asalto al Tesoro de Villena no puede reducirse al valor económico de unas piezas de oro y plata que permanecieron ocultas durante miles de años antes de llegar a nuestras manos. Lo verdaderamente grave es que alguien ha decidido convertir en mercancía aquello que pertenece a la memoria colectiva. Hace tres mil años, unos hombres y mujeres crearon aquellos objetos sin saber que estaban dejando una huella para el futuro. Generaciones enteras desaparecieron. Civilizaciones se extinguieron. Reinos cambiaron. El tiempo hizo su trabajo. Y, sin embargo, aquel tesoro sobrevivió. Hasta ahora. Porque robar patrimonio es mucho más que entrar en un museo y llevarse unas piezas. Es arrancar páginas de nuestra historia. Es romper el vínculo entre quienes fuimos y quienes somos. Es intentar convertir la memoria de todos en propiedad de unos pocos. Quizá puedan venderlo. Incluso podrían fundirlo. Pero jamás conseguirán borrar aquello que representa. A quienes cometieron este despreciable robo les deseo una única maldición: que jamás puedan disfrutar de aquello que buscaron. Porque podrán poseer el oro, pero nunca poseerán la Historia.