Necesidades domésticas

    17 mar 2026 / 08:29 H.
    Ver comentarios

    Anoche le dije a María que la necesitaba. No a viva voz, en un mensaje de texto. A viva voz, probablemente, se lo habré dicho otras muchas veces, pero nunca sobrio. María vive nada más salir de casa, a mano derecha. Y como salgo a cada rato de casa a estirar las piernas y ella sale a cada rato de su casa a otear el horizonte o a por otra brazada de leña, nuestros encuentros dan para pensar que lo de “a mano derecha” es un eufemismo y que solo las tazas de dos váteres nos apartan de la realidad de estar viviendo juntos, como buenos hermanos.

    María es una de esas razones que nos inducen a retomar el camino. O expresado de otro modo: el cielo raso que viene a orillar la tristeza innata que provocan varias semanas de tormenta. Suena cursi, lo admito: cómo no hacerlo. Pero también me suena emparentado con una de esas verdades que preferimos enmudecer hasta que terminan siendo mentira; o a esos “te quiero” que nos callamos para no resultar eso, cursis. Como si el origen de la cursilería no procediera de esa mano que toma otra mano y comienza a sudar amor, amor a raudales.

    La primera vez que vi a María fue pisando asfalto, cruzando una calle, la San Antonio de Santiago. Ella no sé de dónde venía. Yo, de comprar carne. Nos presentó Gustavo. Estaba embarazada, muy embarazada, embarazadísima. No se lo comenté por si se lo tomaba como una simple gracieta y me quedaba para siempre con la vitola del gracioso, pero yo ese día ya escuché a Ayla, su hija, decir mamá, el “mamá” con el que la reclama a cada rato; porque Ayla también sale a cada rato de su casa y, en muchas ocasiones, solo para decir eso: mamá. La segunda vez la vi en Cortijo Viejo, bajando maletas de un coche, metiéndolas en la casa en la que se encuentra su váter. Me dio mucha alegría: de pronto, Eva y yo dejábamos de ser los más jóvenes de la aldea, y en el pack venía una bebé que, aun sin haber nacido, ya decía mamá. Y venía Homero, la pareja de María, un tipo al que también necesito, pese a que no se lo confiese ni borracho. Y venía Anay, el hijo mayor de María, el chico guapo que me recuerda que la juventud que siento ahora es estúpida, aberrante, un completo imposible, porque se trata de una juventud que se comporta como un tipo de cincuenta y tantos años, como un tipo que ya no es joven.

    La tercera vez que la vi fue anoche, unos minutos antes de mandarle el mensaje de texto en el que le decía que la necesitaba. Parece raro, extremadamente raro; porque entre la vez de las maletas y anoche han transcurrido seis años y vengo repitiendo que ella y yo nos asomamos a cada rato a la puerta de casa y que ahí coincidimos, nos vemos. Claro que tampoco recuerdo la décimo tercera vez que vi a mis hermanos ni la cuadragésima vez que hice el amor con mi novia y si me preguntaran por ello en una sala de interrogatorios, tendría que inventármelo y, con plena seguridad, hablaría de unos pechos que, a pesar de mi insistencia, no logro aprender de memoria. Y si el poli o la poli no se ponen duros, les diría que quizá por ahí ande el secreto de esas relaciones que consiguen perdurar y que —haciendo uso de la más brava de las insensateces— se levantan cada mañana como la única certeza a la que asirse, aunque luego —como todo o como casi todo— se caigan y se rompan. Y puede que a eso obedezca ese lapsus de tiempo entre la vez que vi a María con las maletas y anoche, los seis años volatilizados; y que eso venga a significar que no se trata de vernos, sino de mirarnos y, por ende, que eso venga a significar —también y sobre todo— que yo no dejo de mirar a María, ni de mirar a Ayla, ni de mirar a Homero, ni de mirar a Anay; y que la necesidad que le expresaba ayer a María tenga al miedo entre sus principales nutrientes. Miedo a salir a estirar las piernas y ver de nuevo su casa vacía. Miedo a que Eva y yo, a nuestros cincuenta y tantos años, nos convirtamos de nuevo en los habitantes más jóvenes de la aldea. Eva y yo que ya no podemos decir mamá sin relamernos la tristeza.

    Articulistas