Nadal o resiliencia

03 feb 2022 / 18:53 H.
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Nunca he sido proclive a las emociones en los acontecimientos deportivos, he mirado con escepticismo e ironía a los que cifran su alegría en resultados favorables de “su” equipo o a un deportista determinado. Confieso que mi conocimiento del tenis es escaso, más allá de que me parezca un buen modo de ejercicio físico, que es estético y agradable y que no necesita ni mucha gente ni griterío para realizarse. Por esta razón solo conocía noticias del Open de Australia, a raíz de la controversia creada en torno a la expulsión del país del tenista Djokovic, por no estar vacunado, y con la prohibición de participar en el torneo. Como muchos me posicioné a favor del gobierno australiano, porque me parecen incomprensibles —aun respetándolas— las razones por las que algunos no se vacunan.

El pasado domingo y desde primera hora (debido a que lo primero que hago es conectar la radio), no pude evitar estar al tanto de la final entre el ruso Medvedev y el español Nadal. Las emisoras y las redes informaban regularmente de cada punto, y los primeros sets no auguraban nada bueno para nuestro compatriota. Preguntando a los que saben algo de tenis, me di cuenta de la importancia deportiva de lo que había en juego. Cuando tras más de cuatro horas de partido, Nadal remontaba y en un final agónico ganó a un rival formidable, ya me había informado de que había estado a punto de abandonar el tenis profesional por una lesión en el pie izquierdo, que tras mucho tiempo parado llevaba poco entrenando y que es un ejemplo de superación constante ante circunstancias desfavorables.

Me ha descubierto otra dimensión del tenis: es un deporte sin trampas, es el/la deportista a solas y sin descanso ni apoyos. O luchas, o pierdes. Toda una lección de vida. Pero Rafael Nadal hizo algo más. Reaccionó con humildad ante su victoria, alabó y animó a su adversario, explicando con sencillez como había llegado hasta aquí. Reconozco que me emocionó su buen hacer más allá de su excelencia como deportista. Ahí comprendí las razones para ser un ejemplo en la colectividad: Ser de los mejores en tu oficio y sustentarlo a través de valores cívicos como la humildad y el buen tono. Porque Nadal no es sólo un caso de buena fortuna, sino el producto del esfuerzo, la preparación y el sacrificio, desde un proyecto mantenido a lo largo del tiempo, que se manifiesta en el sentido común, la amabilidad y el juego limpio. Nadal es reconocido, pero él reconoce y respeta a los demás, por todo ello es un gran prestigio de España en el mundo.

¿Son estos los valores que admiramos?, o ¿lo son el éxito por encima de todo, las estridencias, las opiniones que dividen, la chismografía...? porque incluso hay gente que nos piden que los votemos, no a través de propuestas sino de enfrentamientos, no con proyectos sino con divisiones, diciendo algo así como “no me votéis por mí”, votadme para no votar a los otros...

Ojalá el trabajo bien hecho, el espíritu de sacrificio y superación, los proyectos seguidos día a día, la humildad y el respeto que vemos en la trayectoria de Nadal, fuera el combustible que deseáramos en nuestra vida pública. Somos los ciudadanos los que hemos de exigirlo. Los éxitos, los sacrificios y los comportamientos son los que hacen grandes a las personas que a su vez, hacen país.


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