En la bolsa de valores éticos hay, como en la de los económicos, sus fluctuaciones. Virtudes que fueron muy consideradas durante una época son arrumbadas en el desván de los trastos viejos en la siguiente. Yo tengo la impresión de que en los últimos tiempos la modestia cotiza a la baja. Es verdad que es esta una virtud muy enrevesada y que podemos confundir con sentimientos como la vergüenza o el pudor. Por eso conviene despejar un poco el terreno para ver qué es (o que propongo que entendamos por) la modestia. Más que como “no creerse de importancia o valor” podemos definirla como “no manifestar que se tiene mucha importancia o valor”. Es una virtud social, diría yo, que se juega en las relaciones con los demás, aunque también tenga un punto íntimo, de relación de uno consigo mismo, de valoración personal de lo que uno es o hace (como si nos dijéramos: al fin y al cabo, no es para tanto).
Es posible que una de las causas de la pérdida de valor de la modestia estribe en que en nuestra sociedad del espectáculo es requerida la exposición para dar algo a conocer. El premio Nobel de Física Peter Higgs (el del bosón) dijo que en este tiempo es probable que no lo consideraran académicamente valioso debido a que no entraría en el juego de la autopromoción, de la hiperpublicación y de la abundancia de citas y autocitas. Tal atención a que atiendan a uno resta el tiempo y la calma precisos para trabajar. “El buen paño en el arca se vende” es ya un refrán para tiempos pasados, en los que los estudiosos salían al encuentro de los hallazgos, los aficionados al arte al de los cuadros y los lectores al de los libros. Hoy eso se ha invertido. El creador, sea científico o artista, ha de salir al encuentro de su público. Me pregunto qué parte de su tiempo y de su energía invierte en promocionar su obra. Como siempre que se confunden medios y fines, los primeros acaban a veces por ocupar el lugar de los segundos, que pasan a ser una mera excusa. La promoción de la obra adquiere más valor que la obra misma, y esta parece ser la ocasión de aquella. Es el mismo mecanismo que impera en las fotos (publicadas, claro, si no para qué hacerlas) con las que se da testimonio de que se ha estado en un sitio exótico o se ha comido algo fuera de lo normal. El resultado es un alejamiento de la experiencia y su sustitución por algo que es su simulacro. Esta situación da lugar a que la modestia, que tiende a ocultar el talento, acabe por sepultarlo, y su opuesto, el descaro, termine aflorando por doquier. El filósofo del siglo XVIII David Hume ideó una alegoría para intentar explicar ambas actitudes. En ella la Desconfianza, que empieza unida al Vicio y la Locura, acaba dulcificándose en compañía de la Virtud y la Sabiduría y se convierte en Modestia. La Confianza, por su parte, empieza unida a la Virtud y la Sabiduría, pero termina con el Vicio y la Locura, degenerando en Descaro. Si ponemos en relación esta lúdica y lúcida alegoría con el análisis que hace Aristóteles de la magnanimidad como la virtud que tiene el hombre que, siendo digno de grandes cosas, se considera merecedor de ellas, podemos ver que esa sería la Confianza de Hume. El Descaro correspondería a la vanidad aristotélica (que consiste en juzgarse digno de grandes cosas siendo indigno). Y la Desconfianza a la pusilanimidad, juzgarse digno de menos de lo que se merece. Y lo que habría ocurrido, a mi modo de ver, es una especie de traslación en la tríada aristotélica. La magnanimidad ha degenerado en vanidad (la Confianza humeana en Descaro) y la pusilanimidad (la Desconfianza humeana) ha mejorado, no para llegar a ser magnanimidad, pero sí algo más cercano a ella y, por supuesto, ya no vicioso sino virtuoso: la modestia. Por qué es así como ve las cosas un filósofo de una época basada precisamente en el yo nos llevaría muy lejos. Quedémonos con esa sospecha y ese riesgo de que se esté normalizando el golpe autoafirmativo de pecho y de que no se pueda ser nada ya sin él.