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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Mientras sale el café

Me entristece mucho la política actual. Y no creo que se deba a los actores, aunque me empeñe en recordar con más glamour a los de antaño. Es como si la película ya no fuera para mí porque se tratara de la enésima secuela de otra. Una cosa así. O peor aún, como si solo me importara la puerta de mi casa, el micro mundo que termina en el barrio alto de los Ruices y en la Huerta del Manco. Me entristece y me jode porque, a pesar de mi inacción o pasotismo, continúo pensando que la vida nos va en ello. Y me hace sentir muy mayor, un anciano llamando a las puertas del cielo.

Justamente esta mañana, mientras esperaba a que saliera el café, se me han venido a la cabeza mis años mozos. Todos de golpe y porrazo, como si necesitaran trasladarme un mensaje urgente, urgentísimo; y supongo que de ahí esta sensación avinagrada de haber perdido el hilo de la historia. Me reconozco: sigo siendo el palo con gafas y granos de la esquina inferior del cuadro —que tituló mi admirado Miguel A. Zapata—, pero me cuesta lo más grande situar el momento exacto en el que se rompió la vaina, la placa tectónica que se movió y provocó la grieta en el camino. Iba para otra cosa que no viene al caso y de la que ya no queda ni tan siquiera el deseo. ¿Querrá decir eso que lo que hoy soy me satisface y ahuyenta cualquier atisbo de frustración? Me niego a ser tan optimista y condescendiente, traicionaría mis principios; de modo que prefiero decantarme por la lógica aplastante que imponen las imposibilidades: ya no puedo ser esa cosa que no viene al caso, hace demasiados lustros que no puedo, tantos como para haber reconvertido ese fracaso en otro accidente más del camino.

Venía a hablar de política y observen dónde estoy: otra vez en la prehistoria particular y demonizando el presente que habito. ¿Cómo se verá todo esto desde el éxito, desde esa plaza/atalaya conseguida tras dos o tres largos años hincando los codos? ¿O sobre el escenario o en el banderín del córner al que se corre para celebrar el gol? ¿Persistirá la emoción sentida tras anotar el primer tanto, tras recibir el primer aplauso, la primera nómina? ¿O se irán desinflando hasta desmerecer los respectivos esfuerzos que requirieron? De algún modo, creo que con la política me ocurre eso, que durante bastantes años la confundí con el futuro. No con los partidos ni con los candidatos, sino con la impresión de que las cosas podían cambiar. Claro que cuando uno tiene veinte años, incluso una sesión parlamentaria parece una puerta entreabierta. A los cuarenta o cincuenta, se parece más a la reunión de vecinos de una comunidad gigantesca en la que siempre se discute por los mismos malditos cubos de basura. E imagino que por esa razón me cuesta tanto distinguir entre el desencanto político y el simple paso del tiempo. En realidad, ambos utilizan artimañas parecidas. En los dos casos se encogen las expectativas. En los dos casos se aprende a no entusiasmarse demasiado. Y en los dos casos se terminan reconociendo las frases antes de que sean pronunciadas.

No obstante, me resisto a concluir que todo este entramado responda a una cuestión de edad. Resultaría demasiado cómodo, demasiado fácil y, además, conozco a personas mucho mayores que yo que conservan intacta una curiosidad casi insolente por lo que sucede a su alrededor. Escuchan, leen, piensan, discuten y hasta se indignan con una energía y un entusiasmo que ya quisiera para mí. Así que tal vez el problema radique en la costumbre que cargo, en esa capa fina y traicionera que tiende a depositarse sobre todas las cosas, incluidas aquellas que, en su momento, se me antojaron decisivas. Y puede que, en el fondo, la política siga siendo igual de relevante que cuando tenía veinte años y lo único que ha cambiado sea mi manera de verla. En fin, aunque me fastidie admitirlo, sospecho que buena parte de la grieta que veo ahí fuera no se abrió en el mundo, lo hizo aquí dentro, mientras esperaba a que saliera el café.