Mi dulce embeleso
Decía el poeta Nicolás Guillén que “a veces tengo ganas de ser cursi” y a ello me incita descarnadamente este primero de mayo en el que, apartando los fastos y celebraciones de los trabajadores, tenemos además otro día para conmemorar. Hoy es el día de la Madre. Corren tiempos en que se diría que ese concepto, esa palabra, ha ido cambiando de significado, de proyección y de “sentimiento”. Solo hay que fijarse en esas denominaciones oficiales en impresos que más bien parecen bulos malintencionados en los que padre y madre pasan a ser progenitores 1 y 2 como en un mundo distópico en el que se diluyen las esencias que atesorábamos y que han resultado, para algunos, malsanas insidias de una sociedad machista y patriarcal. Pero no. Madre es un nombre, un adjetivo y cualquier otro término gramatical que podamos imaginar. Madre es ese regazo al que regresar cuando una luz se nos apaga en el intrincado laberinto neuronal o en el latido cotidiano. Madre es el “dulce embeleso” al que hacía mención aquel viejo poemilla que recitábamos con emoción en tiempos infantiles y que empezaba con —vayamos de nuevo a lo cursi— “mamita preciosa” y terminaba “depositando un beso” en su cara mientras nos reflejábamos en su mirada. La mercadotecnia se encarga de recordarnos que hay que darse al “refinado arte del regalo” con nuestras madres en este día. De hecho, ese era el lema de ciertos grandes almacenes cuando comenzaron a instarnos a marcar tal o cual celebración con una ofrenda en pago a la entrega desinteresada. Pero, ¡ay! esos mismos almacenes tuvieron que retirar hace un par de temporadas un spot en el que se decía precisamente eso, que la madre era 100 % entrega y 0 % queja. La sutileza del lenguaje, la prístina imagen de la madre abnegada se aloja ya en el imaginario antañón que así las definía. Hoy la madre tiene muchos otros horizontes y todos ellos válidos y adecuados a su vida, trabajo y estima personal y profesional y a ellos se debe. La madre ya no es solo la portadora de las esencias familiares sino un elemento más del engranaje social, un eslabón de la cadena que ha de marcar los objetivos y valores en boga. Al menos esa es la imagen que se pretende trasladar desde las alturas que diseñan el avance y la progresía en cuanto a la condición de madre y, por ende, de mujer. También proclamaba Nicolás Guillén en el mismo poema que “a veces tengo ganas de ser un niño”. Ahí también coincido con él. Un niño al que su madre enseñó a vivir como vivo y que, como en tantas otras celebraciones, no necesita recodarla hoy ya que su recuerdo permanece vivo a pesar del tiempo. Por cierto, mi madre se llamaba Dulce. Así que, por partida doble, era “mi embeleso”. Felicidades, mamá.