Qué bonito es viajar. Siempre me ha gustado conocer mundos lejanos y diferentes. Cuando la ocasión me ha sido propicia, me he liado la manta a la cabeza y... ¡ale..., para luego es tarde! Recorrer mundo es maravilloso, hay que tener ese espíritu inquieto y hambre de saberes nuevos (cosa curiosa, pues son las que a mí me faltan). Soy tranquila y además, no considero tener “plata.” Sí, entiendo que es más que atrayente ser un poquito “correcaminos” y soñar, salir de la burbuja y conocer otras fronteras, otras gentes, otros paisajes y un sinfín de cosas. Todo esto viene a colación de que acabo de llegar de México, país al que consideraba un poquito o mucho semejante a España. ¡Nada más lejos de la realidad! Ante la lejanía, lo extenso y diferentes que son otros países y nosotros mismos de ellos; México me atraía, quizás por la lengua, luminosidad o clima tan parecido. Es un país grande, inmenso y próspero. Se advierte el dinero. Monterrey está lleno de industrias y sus gentes tienen nivel de vida alto. Digno de admiración son los palacios que han dejado los españoles. Casonas palaciegas con sello español. Pero al vuelo se nota que no somos bien queridos. Se les advierte un resentimiento. Solo hay que recordar cómo recibieron a la presidenta de Madrid...