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Menos que una lechuga

27 oct 2022 / 16:26 H.
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El 29 de octubre de este año y en este mismo medio, escribí un artículo al que denominé “Un acto de soberbia”. En él me refería al despropósito, que a mi modo de ver, tenían en aquél momento esos excesivos fastos por la muerte de la Reina Isabel II de Inglaterra. Inglaterra hizo un gran paréntesis para despedir a su soberana, que durante setenta largos años había reinado sobre los ingleses, que no siempre para ellos. Es lo que tienen los Royal, que reinan pero no gobiernan, motivo por el cual pueden mantenerse en el poder sin despeinarse hasta que la muerte decida otra cosa, o su familia royal los presione y fuercen su abdicación. Así son las monarquías aquí, en la Europa Nostra. Las cosas no ocurren porque sí, pero sí es cierto, que en estos momentos en los que antes del paréntesis real por el duelo del pueblo inglés, Inglaterra ya estaba hecha unos zorros por motivos ajenos como fue la pandemia de la covid-19, que nos afectó a todos los países, por la huella “tory”, que ha dejado el partido conservador, la degradación general en la política y un error mayúsculo y soberbio como fue el Brexit , para abandonar la Unión Europea. Una salida que produjo un gran desgaste, abanderada por los partidos neoliberales de gran Bretaña que, volcaron todos sus esfuerzos y artimañas para engañar y convencer a una mayoría de la población vendiendo la salida de la Unión Europea, como la garantía de prosperidad británica y como seña de identidad de ese pueblo. Un desgaste que ha dividido a la población inglesa. Mientras un Rey reina pero no gobierna, un presidente o primer ministro no reina pero sí gobierna, aunque los dos cobran de los Presupuestos Generales de los Estados, no tienen la misma responsabilidad en la marcha del país en cuestión. Así al menos es en nuestras democracias europeas. Esto viene a que estamos asistiendo a una evidencia clara. Liz Truss, abandonaba su cargo de primera ministra del país británico, tras 45 días en su cargo. Motivo: la picia de haber hundido la libra esterlina y haber sembrado el pánico después de su decisión (apoyada por su partido), de presentar un programa económico prometiendo un “plan audaz para reducir impuestos y hacer crecer la economía”. Prometió miles de millones de libras de recortes fiscales sin financiación y sin ningún análisis independiente para tranquilizar a los mercados. Hicieron que la libra se desplomara y los costes de los préstamos se dispararan. El Banco de Inglaterra intervino para limitar los daños. El thacherismo ideológico de la breve Liz, se ha cobrado su primera víctima.

Los británicos, muy rápidos ellos, dieron en comparar a su primera ministra con una lechuga iceberg, según pude apreciar. Como era algo fácil de comprobar sin necesidad de abrir una línea de investigación, me asomé al frigorífico: allí estaba ella, resistiendo día tras día, porque tiene una capacidad de frescor y resistencia extraordinaria. Las hojas de la lechuga iceberg se van superponiendo y cerrando hasta formar una gran bola. Aunque dicen que duran sobre uno diez días, doy fe de que en el fresco y sin abrir, supera la cuarentena sin que las hojas interiores se marchiten. Realizada la autopsia por mí, lo pude comprobar. Eso sí, cerrada y al buen fresco. En los mercados, la lechuga nunca estuvo excesivamente valorada. No es de extrañar que ella, la señora Truss que se tuvo que abrir al exterior y tomar decisiones, cayese víctima de los mismos que la auparon. Lo que me lleva a entender como un Royal que no gobierna, por lo que no tiene que presentarse a elecciones, puede durar 70 años, y una Primera Ministra, que al fin y al cabo viene de la parte plebeya, tiene que sudar la camiseta ante sus electores y ante su partido, puede perder la gobernanza en tan solo 45 días. Parece igual, pero no es lo mismo.

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