Memorias muy sonadas
De las muchas cosas bonitas que nos trae la Navidad, una de las más agradables es la de escuchar la voz de amigos lejanos a los que hace años que no vemos. O amigos que no están tan lejos de nosotros pero que, por distintas circunstancias, sabemos poco de ellos. Hace unos días recibí una de las sorpresas más agradables de las que, sin duda, me depararán estos días navideños, de ánimo abierto para desear lo mejor a los amigos y hasta a los desconocidos. Hace algunos años que Antonio Rus Gutiérrez, mi entrañable amigo “El Chorra”, se había perdido de nuestras calles. Solíamos tener contactos muy a menudo, bien personales o a través del teléfono. Pero ni lo veía por la calle ni en su teléfono contestaba. Un día coincidí con su hijo, Joselito Rus, el excelente banderillero, y me dijo que su padre había tenido un serio decaimiento y estaba ingresado en una residencia. Me dio su número de teléfono y lo llamé. El alma se me cayó al suelo. Mi amigo Antonio apenas me reconocía. Le llamé alguna vez más y no me contestó.
Han pasado los meses y yo seguía pensando que Antonio seguía mal. Hace unos días, por casualidad, coincidí otra vez con Joselito y cuando le pregunté por su padre me dijo muy contento: “¡Mi padre está fenomenal!”. Me dio su número y lo llamé inmediatamente. La voz que escuché, su tono limpio y despierto, me confirmó que ese sí era mi amigo Antonio. Hablamos un buen rato, como antes, y reíamos también como siempre. Como si el tiempo no hubiera pasado y la enfermedad hubiera dicho adiós para siempre. Fue una enorme alegría para mí, y puedo asegurar que también lo fue para él. Me habló de que su hijo Joselito continúa en la cuadrilla de Cayetano Rivera, que ha estado toreando en México recientemente y que, dentro de unos días, marchará a Colombia.
Él y sus hermanos fueron muy populares en nuestra ciudad. Ya va camino de los 83 años y su vida está cuajada de vivencias y de anécdotas, y me repitió varias veces que, ahora que tiene tiempo, está escribiendo sus memorias. Tiene muchas cosas que contar. Yo le dije que serán las memorias más “sonadas” del mundo, porque sin duda Antonio contará su interminable batalla contra las campanas de la Catedral, cuyas molestias provocadas por la cercanía de su vivienda llegaron a obsesionarle. Alguna vez las terminará, pero antes seguro que hablaremos muchas veces más.