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Malos recuerdos

Decía el poeta y cuentista leonés Antonio Pereira que “mientras mis versos conmuevan a alguien, valen”. Hay una pregunta urgente que debemos hacernos ante tanto ruido malintencionado que no nos deja pensar con claridad. ¿A qué o a quiénes hemos entregado el cáliz de nuestra conmoción?

Recuerdo la presencia adusta, incómoda, vacilona, del primer profesor de Lengua Castellana con el que estrené lo que era el BUP. Su barba recia, las viejas gafas que volvían del recreo recién oscurecidas por la nicotina, la melena libertaria como la que nos contó Federico de Whitman, caía sobre aquellos “hombros de pana gastados por la luna” que venían de leer, de acostarse tarde pasando a máquina los apuntes de mañana, de escribir en el último plazo del sueño un romance atroz. Éramos niños que de pronto habíamos pasado del cuadernillo Rubio a leer sobre fotocopias con olor a tabaco. Esperábamos limpiar el pecado de estudio con cuatro preguntas de paso que mantuvieran las cosas en lo que se esperaba de cada uno de nuestros apellidos. Y a otra cosa mariposa. Pero aquella mañana Pepe Ramírez apareció con un taco de folios y nos planteó una primera y única pregunta. Causas de la diversificación lingüística de España y evolución del castellano y variantes dialectales. Nos miramos unos a otros con cara de asombro y poco a poco fuimos amontonando una idea sobre otra como piedrecillas que hubiéramos robado a un río y que fueran saliendo del bolsillo empujadas por la culpa del mal estudiante. Que si el romance, que si Alfonso décimo, que si los cantares de gesta y el Mío Cid. Las fechas, las gramáticas, los Borbones. Una escabechina que supuso mi primer suspenso de la era bachiller, disminuido gravemente en su cuantía por errores ortográficos y un comentario en impecable caligrafía de pluma: “Confuso y redacción incoherente en bastantes ocasiones”. Fue con él con quien nos tocó aprender a Machado, a Lorca, Rubén, los Migueles Unamuno y Hernández.

Aunque fue duro asumir aquel tropezón escolar, acostumbrado a rentabilizar de manera brillante mis esfuerzos escolares, ese desastre académico fue sin embargo definitivo para amar e investigar los entresijos de la lengua, desnudarla de sus tópicos, cuidarla en el relicario de la expresión y en la pira de las omisiones. Los libros y las palabras años después alcanzarían una dimensión febril, como restitución a aquella imperdonable falta de saber que estuve dispuesto a permitirme. Vuelvo sobre los folios hoy amarillos donde mi gran profesor señalaba con su linterna no mi despropósito sino el armisticio de un paraíso íntimo que ya no tendría para mí más repercusión académica que la de poner a punto la caldera emocional de los saberes que obran en favor de la conciencia.

En días en los que el debate anda trufado de minas verbales que estallan en propuestas ridículas y abracadabrescas tras los escalofriantes resultados del informe PISA, reivindico como docente el valor sagrado de la conmoción en el aprendizaje. Ese gran misterio que engancha al ser humano hacia el saber profundo, cuando se hace consciente y mártir del grave error de la vida. Ese saber que se degusta en la conversación amiga, en la contemplación de las estrellas, en el ángel del azar, la buena música y la poesía. No hay inteligencia artificial que compita con tamaño lujo. Nadie podrá copiar llegada la hora de la primera y única pregunta de nuestro examen final. Sin conmoción no hay conciencia. Sin conciencia no hay esperanza. Así que no nos engañemos: el fruto educativo está por fin donde lo han estado cultivando los poderes.