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Madera de deriva

Tenemos helado y veneno y el deber de hacer un país. La razón partida por la mitad y un pozo sin fondo al que caen los de siempre. Otra final de infarto y dos crónicas para un único resultado. Euforia y rabia en las hinchadas. Todo lo necesario para levantar un trofeo que, terminados los festejos, solo servirá para perjudicar a los perjudicados, para ensanchar la grieta, el fondo del pozo, el número de caídos.

Dos señores mentando a nuestros padres, decidiendo el futuro de nuestros hijos. Dos señores sobrados y miopes, mirando de frente a cámara, revelando la verdad de los mentirosos. Dos piedras, una en cada mano. Dos amenazas sobre el mismo objetivo, sobre el mismo individuo. Dos impactos y una sola herida que, cuando terminen los festejos, nadie cerrará.

La casa sin barrer. La honrilla de haber plantado cara a un cuñado que nos llama cuñado, a un hermano al que, de buena gana, le partiríamos la cara. Un vecino que no paga. Un vecino que cobra demasiado, avaro. Y un techo en propiedad en el que tomar partido. La larga sombra de un árbol que nos protege del sol, que nos libra del ruido. Y la amarga sensación de estar bajo una rama a la que muchos anudan una cuerda para encontrar una escapatoria.

“Tenemos que vernos”, le decimos a ese amigo con el que siempre nos mordemos la lengua. “Hacerlo pronto, antes de que sea tarde”. Tenemos su número, tenemos su recuerdo, tenemos su cariño, a pesar de los pesares. Y un montón de años sobre los que hablar. Cuando aún coincidíamos en lo importante, cuando lo importante se dilucidaba con un par de monedas en el bolsillo, con un par de cervezas en el bar de la esquina. “¡No tenemos remedio!”, le decimos antes de despedirnos, de darle al balón otra patada hacia delante.

Teníamos un compromiso basado en el prójimo. La aspiración del 0,7%: un triste dato macroeconómico que, al menos, ponía algo de luz a lo negro. Presentadores que nos advertían sobre la crudeza y la crueldad de unas imágenes, de la realidad de niños desnutridos, hambrientos, la mayoría ya muertos. Tal vez los padres de algunos de los jóvenes que hoy cruzan el desierto y el estrecho. Seguro que sus fantasmas, su ejemplo, la motivación de sus pasos. Teníamos la costumbre de mirar más allá de las fronteras, de creer que el dolor ajeno también era asunto nuestro y que una causa lejana podía caber en un domingo cualquiera, entre la paella cocido y el café. Teníamos que haberlo conseguido, haber seguido luchando. Pero los abandonamos, “como se abandonan los zapatos viejos” (Joaquín Sabina dixit).

Vamos camino de un precipicio, tras los dos señores que tocan las flautas. Por distintos senderos, con idéntico destino. En comunión con las proclamas que vociferan los nuestros, confiados, dando palos de ciego. Vamos con todo lo que tenemos: dos piedras, una en cada mano; dos piedras, un solo objetivo; dos piedras, un solo lanzamiento; dos piedras, una sola herida. Al matadero en el que se sacrifican los corderos, todavía sin conocer qué papel nos ha tocado en el reparto: si matarife o si cuello rajado. Vamos que no vamos. Con más ilusión que ánimo, con más peso que ganas, como la manzana de Newton. Al desencuentro con nuestro amigo, a gritarle por fin nuestras cuatro verdades. En vez de cantarle “Los cuatro luceros” de Hilario Camacho.

Teníamos un sujeto que fornicaba como una bestia con otros sujetos y que, de golpe y porrazo, dejó de hacerlo y se topó con un solo predicado. Teníamos ideas que, antes de convertirse en una estrategia, se afanaban en copular como bestias con otras ideas. Teníamos palabras para describir lo hermoso, lo diferente, lo extraño, lo lejano y que, poco a poco, se fueron transformando en insulto. Teníamos un amigo para todo, ese chiquillo que tocaba el portero y que nos decía “baja, arreglemos el mundo”. El chiquillo que hoy le da otra patada al balón hacia delante, nuestro reflejo. El chiquillo que hoy nos recuerda que no siempre fuimos madera de deriva.