La generosidad del bibliófilo y amigo Tomás Paredes acercó a mi mano “Rocinante vuelve al camino”. Libro publicado en el Madrid de 1930 bajo el sello de la Editorial “Canil”, traducido del inglés por Margarita Villegas ocho años después de la edición estadounidense; texto un tanto primerizo del autor, cuya narrativa da cuenta de su primer viaje por la España del primer lustro del pasado siglo XX. Un mundo nuevo, cuyo recorrido por aquellos caminos supuso un descubrimiento para este norteamericano, a la sazón, absolutamente atento e inoculado con el virus de Don Quijote y Sancho Panza; realismo que alienta su itinerario hasta 1936. Tiempo, en alguna medida, compartido con Hemingway, cuya amistad quedaría absolutamente quebrada dada la tibieza de Hemingway acerca de la muerte de José Robles en la Valencia de 1937. Profesor de literatura española en la Universidad de Johns Hopkins, pero también amigo y traductor de Dos Pasos en obras tales como “Manhattan Transfer”. En cualquier caso, doscientas veintisiete páginas que me acompañan bajo el hórreo las mañanas de este verano de 2026, sin otro quehacer que el de contemplar el paisaje y ver cómo crece el paisanaje más cercano al corazón.
Un año más la sedosidad del territorio asturiano remansa la temperatura a estas primeras horas del día, las que dejan percibir un clima agrisadamente denso. Un estado vaporoso parecería derramarse sobre el paisaje, cuyo confuso verdor todavía se advierte bajo el manso orvallo caído hace unas horas a manera de benefactora lluvia, tras la cual enseguida se filtra un cielo más trasparente y más claro. Sí, el día, parecería entrar decididamente en grises más dorados cuando las manecillas del reloj tienden hacia el centro de la esfera y agosto agoniza iluminando ésta tierra sobre la que se asienta Rañeces. Lugar un tanto silente de variaciones escasamente perceptivas. Se diría, en fin, que todo el entorno comienza a virar hasta que el vaho que unificaba el paisaje logra el punto exacto que lo define y le da sentido propio contemplado en sí mismo. Como cada palmo del mapa español, esta sinuosa oquedad, cruzada por las hoces del Río Nora, también deja percibir la voz de su paisaje. Acaso, más dado a la evocación y, en ocasiones, al memento de su gente, pero también a la mera contemplación sensible y colectiva. Tierras caprichosas de España, en las que el tejo más añoso de toda la geografía hispana vive en la sierra de Cazorla, Jaén, y, sin embargo, el olivo de mayor altura crece junto al muro de una iglesia cántabra: Santa María de Lebeña.
En efecto, como percibiera Dos Pasos, geografía siempre sorpresiva, y hermana cuya naturaleza alcanza ese todo visual que interviene en la mente del contemplador, como si, a modo de barrunto, algo tan fascinante tendiese a fugarse hacia la infinitud de un cosmos indefinido y, sin embargo, de posible mutabilidad en cuanto hace a su paisaje, santo y seña del barro que modela a sus naturales, crecidos y alimentados en un territorio que, “en cuanto a clima y vegetación, en una hora, se puede pasar de las estepas más templadas de Rusia a la costa Occidental del país de Gales más fértil y más cálido”. Ciertamente, siguiendo la mirada del citado escritor, “Las huertas meridionales recuerdan a Egipto”. “En cuanto a levante, desde Valencia para arriba, es una continuación de la costa mediterránea de Francia...”. Hablamos de un país de pálpitos y luces, más que de una luz... Parecería como si todo ello nos avisase de un tiempo por venir, pero también, aún ensimismado y distinto. País replegado sobre sí mismo, en el que las cosas cotidianas y pequeñas adquieren autoridad para armar un todo entre país y paisanaje. Universo, en fin, a la manera de aquel tal Neruda que habita en el texto “Odas elementales”. Cosas de entre las cosas todas, hijas del quehacer cotidiano que habitan la estética de este hórreo amigo, bajo el cual se agrupan recipientes de barro, con plantas que, de otro modo, se repiten en pequeños arriates en los que crecen hortensias de variados colores y dipladenias con pétalos rojos. Simbolismo natural y contraste con el fino azul de los agapantos, junto a los cuales también asoman falsos jazmines con florecillas blancas, fundidas en el horizonte con una pomarada y dos eucaliptos de esbeltas formas perceptibles desde el hórreo.
Al cabo, templo de la memoria, pero también, respuesta del inconsciente colectivo del que nos avisa Carl Jung, cuya estructura, hija de añosos robles, emerge del paisaje trazada con el mimo del artesano que las firma, pero también deudora de una arquitectura popular y autóctona, bajo cuya sombra, proyectada sobre la hierba, se dibujan flores con diferentes colores armando el macizo policromo que me rodea junto a un olivo que, en cinco años, no supera un metro de altura. Esto es, cuatro metros menos que su vecino tejo, plantado en fechas iguales, a no más de 30 metros de un búnker de cemento y hierro construido en 1932, con el fin de alojar una ametralladora estratégicamente dispuesta para proteger la cercana Fábrica, de Armas de Trubia, alzada por Real Orden en 1796, en el margen derecho del río homónimo, cuya actividad ha sido notablemente reactivada a partir de 2025. Un relanzamiento que, entre otras cosas, no deja de presumir en nosotros cierta reflexión y respeto, en cuanto a futuro se refiere.