Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Los toros de Segura

Con demasiada frecuencia se identifica la tauromaquia casi exclusivamente con el espectáculo en la plaza, organizado por una empresa y previo pago de entrada. Es comprensible. La corrida —también las novilladas o los festivales— es la expresión más elaborada del toreo, su culminación artística y ritual, la gran ceremonia de la Fiesta. Pero reconocer esa condición no obliga a reducir la cultura del toro solo a lo que ocurre en el ruedo. O a lo que pudiera llamarse industria o negocio taurino.

Que haya buenos toros y que los toreros estén bien importa, y mucho. Pero, en la medida en que la gente quede alejada de la organización y de la participación, la Fiesta pierde parte de su carácter para convertirse en un producto que unos ofrecen y otros consumen. Cuidar el espectáculo exige cuidar también ese vínculo. Los toros de la calle y los de la plaza pertenecen a una cultura compartida, pero en la que cada pueblo tiene su manera de vivirla.

Estamos percibiendo un notable auge de la afición, con plazas llenas de gente joven. Pero deberíamos tener cuidado para que ese apogeo no se desinfle como un suflé. El sector tiene que ganar en transparencia, respetar las reglas y hacer las cosas bien. Dicho en términos taurinos, ir con la verdad por delante. Y nuestras instituciones públicas deben apoyar la Fiesta dando valor a lo que supone de encuentro, convivencia y participación alrededor del toro. Ayuntamientos y asociaciones tienen mucho que hacer para que la gente conserve su sitio en ella. El futuro de los toros depende de la emoción de una buena lidia, pero también de que siga teniendo sentido encontrarse alrededor de ellos.

Vivir las fiestas de Segura permite entenderlo. La estampa de su plaza y sus tendidos naturales, con la gente acomodándose en la ladera al pie del castillo, ya es por sí misma un espectáculo. Y la imagen de su coso cuadrangular sigue siendo de lo más original. Pero la Fiesta está, sobre todo, en los lugareños que se encuentran y comparten fiesta en aquel lugar. Curiosamente nadie dice que vamos a los toros “a Segura”, sino que vamos a “los toros de Segura”. Son algo especial y no solo porque la asistencia sea gratuita.

Los que viven cerca se juntan con los que regresamos de fuera. Allí comprobamos cómo nos vamos haciendo mayores sin perder los afectos a la gente y a la tierra, mientras recordamos a quienes van faltando en aquel sitio donde siempre estaban. Es verdad que cada año cuesta un poco más subir las cuestas, pero cada parada sirve para un saludo o un abrazo, preguntar por la familia o retomar conversaciones de antaño.

Con su Virgen y sus toros, Segura mantiene unido en el tiempo el mejor de sus patrimonios: la hidalguía colectiva de su gente. Una especie de romería religiosa, taurina y serrana en la que la propia asistencia forma parte principal de la celebración, ya sea por afición o por devoción. Ya lo decía don Genaro Navarro: “Quien presencie una corrida de toros en Segura, no dará crédito a sus ojos. Es la estampa más original y hermosa que pueda contemplarse; el tipismo, el colorido, la alegría... No hay pluma que lo describa. ¡Qué algarabía, que abigarrada muchedumbre la que trepa por la falda del castillo, buscando los sitios más a propósito para dominar todos los sectores del ruedo, que no es tal, sino un foso cuadrilongo cavado al pie de la fortaleza...”.