Yo soy de las personas que rezan y piden cuando se presenta una dificultad, sobre todo si se trata de salud. Sencillamente expongo lo que hago, porque esto no es un púlpito y cada cual hace de su capa un sayo. Dicho esto, añado que a la misma vez que pido al cielo, agradezco infinitamente que la divina providencia haya puesto en mi camino, cuando los hemos necesitado, a los mejores profesionales. Son su sabiduría, su empatía, tiempo y dedicación los que han hecho el “milagro”. Siempre he puesto mi agradecimiento y reconocimiento por encima de todo o casi todo. Es a través de sus manos y de su buen hacer donde encontramos la desaparición de un dolor, el trasplante de riñón que tanto necesitamos o la curación del problema más grave, entre infinidad de enfermedades. Que nos mejoren la calidad de vida es algo que no tiene precio y devolvernos la tranquilidad perdida en un momento en el que peligra nuestra salud, un hecho para quitarnos el sombrero. Habrá errores, como en todos los órdenes de la vida, porque la perfección no existe, pero hay actuaciones que casi la consiguen. Por eso, a ver si es verdad que los impuestos que pagamos para sanidad, se dedican a ella. Apoyemos los “milagros”.