El paisaje otoñal jaenero no es para describirlo, sino para vivirlo intensamente. Poco a poco, la naturaleza está cambiando de color. Lo que antes fueron frondosos y vistosos árboles y girasoles de Van Gogh, ahora se están trasmutando en apagados y moribundos colores, una desnudez púdica creada por la Naturaleza, como son el color lombardo y el amarillento hepático. El otoño de Jaén es una paleta de pegotes de pintura y un caballete que invita a la recreación sin prisa pero sin pausa de las sosegadas y espirituales ideas, en contraposición de tanta negrura convulsiva y guerrera mundana, con los que estamos habituados a soportarla. Su colorido azulado es un punto y aparte, con visos de Esteban Murillo, el pintor hispalense que hizo de la Inmaculada su altar oratorio y reverente preferido. El horizonte se viste de apagados rosicleres y el azul del cielo es una jaculatoria o un encontrarse con Dios en la solemnidad de su grandeza. Paco Cerezo, cuyos lienzos los llevó al pueblo cercano de Villargordo, una población agrícola y aceitunera, al que me une una amistad inquebrantable. Sus membrillos están para comérselos, aunque el óleo y la trementina no sean comestibles porque son tóxicos. Hasta la Catedral de Jaén y las peñas de Santa Catalina se visten de malva y ocre cuando llega el otoño.