En Santiago de la Espada hay un edificio llamado Lugar de Encuentro que permanece cerrado trescientos cincuenta días al año. Siempre, desde su construcción, allá por 2015. Y ninguna de las formaciones políticas que, desde entonces, han gobernado el pueblo se han molestado en darle sentido al nombre o en cambiárselo. En él se podrían realizar infinidad de cosas, todas las que a uno se le ocurran. Pero como no se realiza prácticamente nada y permanece cerrado trescientos cincuenta días al año, a mí lo único que se me ocurre es renombrarlo, que pase a llamarse El Lugar Equivocado y que la ciudadanía, al menos, pueda preguntarse por qué.
No se trata de una excepción. En todos los pueblos hay un lugar equivocado. En las ciudades pequeñas, de provincias, un par. En las capitales, tres o cuatro. Y en Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia o Bilbao, probablemente se supere el centenar. La razón es obvia: la mayoría partieron de una idea equivocada, demasiado optimista, demasiado faraónica, demasiado irreal. Una idea emparentada con el salón de baile que está construyendo Donald Trump en Washington: dan igual las distintas guerras que asolan el mundo, da igual la inflación que asfixia a las familias, da igual la educación, la sanidad, la vivienda, aquí lo que verdaderamente importa es bailar.
Algunos casos responden a meras ocurrencias de barra de bar del político en cuestión; otros, a extravagancias y megalomanías de sobremesa del político en cuestión; y todos a la extrema generosidad que suele inducir el uso del dinero público a los políticos en cuestión. No me sorprende: casi todos nosotros, que validamos y revalidamos cada cuatro años en las urnas las decisiones de esos políticos, también tenemos varios lugares equivocados en nuestros hogares. Y, como a Donald Trump, también nos trae al pairo que no todo el mundo pueda bailar, que no todo el mundo disponga de un hogar en el que equivocarse.
Empieza a hacer frío en Santiago y ayer por la tarde, un chico ecuatoriano al que le han prometido un trabajo en Santiago se sentó en uno de los bancos que hay en las inmediaciones de la biblioteca en la que trabajo. Llevaba todas sus pertenencias en una pequeña mochila y en dos bolsas de Mercadona. De un continente a otro, con un gran océano entre medias, solo con lo que cabe en una pequeña mochila y en dos bolsas de Mercadona.
“Espero a alguien”, me dijo como disculpándose por ocupar un banco público. Y yo, después del rato de charla que me permitió conocer su procedencia y su anhelado destino, le di veinte euros y le invité a pasar a la biblioteca si creía que allí podía estar más cómodo. Veinte euros no pagan una noche de hotel en Santiago. Y la biblioteca cierra sus puertas a las 20:30 horas. No obstante, confieso que al principio sentí cierto orgullo y satisfacción por haber reparado en alguien que se encontraba completamente solo en un pueblo desconocido, y fue al llegar a mi casa cuando tomé conciencia de mi ocurrencia, de mi extravagancia, de mi megalomanía. Cuando me pregunté, por primera vez, si su espera ya habría terminado, si ya tendría un lugar de encuentro en el que sacar sus pertenencias de la mochila y de las dos bolsas de Mercadona y si ya sabría el horario de su anhelado trabajo y el salario que obtendría a cambio.
No me fustigo. Es fácil que estas acciones nos proporcionen el acceso al purgatorio y, sobre todo, es difícil hacer más, hacer siempre más. Pero me asombra la absoluta simplicidad con la que abandonamos a las personas en lugares equivocados, en los que empieza a arreciar el frío. El conformismo que nos invade con tan poco, con solo veinte míseros euros y un rato de cháchara. Y la aplastante inmunidad que demostramos cada vez que entramos a casa, nos sentamos en el sofá, encendemos el televisor y jugamos a indignarnos por lo que sucede a cientos o a miles de kilómetros, mientras en las calles a las que dan nuestras ventanas sucede exactamente lo mismo.