Tal vez sonaba una canción de Serrat por un ventanal, o quizá la sintonía de Elena Francis, pero lo cierto es que el universo se paraba a esa hora de la tarde en que los locos bajitos jugaban en una plaza. El deseo era colocar en la escuadra de piedra junto al campanario un balón rojo de medio kilo de ilusión y poner enfrente dos ladrillos dibujando el arco imaginario de la otra portería, sortear rivales con los pies y elegir campo con juegos de manos, aguantar el cabreo de los viandantes por un pase inopinado con gol de cabeza sin revisión o los sermones de Don Tomás por un pelotazo directo al cableado que dejaba sin luz ni gloria las naves de la iglesia. También estaba el sueño de meter el gol de chilena ante la amada, el ver disfrutar a los abuelos en palcos de sillas de anea, escuchar el golpe en una mesa cuando no pasábamos de cuartos de final, la dureza de jugar partidos en campos de albero en la regional y el lamento de algún familiar cuando la resignación decía que nunca ganaríamos un mundial. Ya nos dieron la estrella aquellos locos bajitos del tiki taka. Ahora, hay un justo premio a un equipo ilusionado que coloca su segunda estrella más allá del ego de los balones dorados.