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Los dos vecinos

Podría llamarse Bienvenido o Buenaventura. La cabeza grande y luminosa, impoluta. Orejas espléndidas como soplillos de esparto. Ojos saltones de camaleón. Nariz abigarrada, con montículos amoratados a cada paso. Boquita de pitiminí. Metro y medio de altura, no más. Barrigudo. Piernas de alambre que crujían a cada paso. Calzones sin tono, con remiendos en rodillas y trasera. Zapatones anchos y largos de payaso. La mirada torva. Se explica gruñendo como las fieras o cacareando como las cluecas. El vecino de abajo es parejo. Podría llamarse Buenaventura o Bienvenido. Se llevan mal. El vecino de abajo mantiene que el mundo carece de acabamiento, que tras el Juicio concluiríamos unos en el Paraíso —mundo ideal— y otros en el Fuego eterno —infierno—. Según el de arriba el mundo finiquitará cuando no haya día, noche, alba u ocaso, ni relojes que puedan dar la hora y acreditarlo. Murieron sin que se sepa quien fuera primero. Tomaron vecindad en el Limbo. Mantenían su enemistad por disparidad de criterio. No se hablaban. Se espiaban mutuamente. Así se entretenían y pasaban el tiempo, aunque es dudoso. De pronto desapareció uno. No había uno para el otro, ni otro para uno. Ese día murieron.