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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Los botijos del verano

La perra gorda era la equivalencia a diez céntimos de peseta y la perra chica a cinco céntimos, o sea todo un capital en aquellos tiempos de hambre. En verano cogías un par de botijos y los llenabas en el corral de la casa y a pregonar la fresca mercancía cuando el verano de justicia derretía hasta las palabras. El grito comercial era a gorda “la panzá” —lo que cabe en el estómago—, todo un reclamo publicitario. Qué tiempos y es que el verano de Jaén tiene castaña, así que lo del cambio climático, unos científicos dicen que sí y otros que nones, es un dicho que se está poniendo de moda. Que Dios nos coja confesados si los científicos aseveran que el agua del mar sube unos grados de temperatura. El planeta azul ya no tiene este color, ya que está más negro que la panza de una olla, porque nos hemos empeñado en llenarlo
de mugre y otras inmundicias como el plástico. A lo que iba, aquellos botijos de agua eran un motivo más que suficiente para tener en el bolsillo unas pesetillas rubias, tan deseadas por aquella juventud perdida y sin horizonte que llevarse a los ojos. Mazzantini fabricaba un helado, que era vendido en las proximidades de la Alameda, un oasis en donde los rigores del verano eran más llevaderos.