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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Los amos del cortijo

Yo era un chaval de ocho años cuando entré por primera vez al antiguo Estadio de la Victoria a ver al Real Jaén. Fue un domingo por la tarde de un otoño de los de antes, muy lluvioso y excesivamente fresco. No se había cumplido el primer cuarto de hora del partido cuando tras unas ráfagas de fuerte viento, el cielo se oscureció y enseguida empezó a caer una tromba de agua tan fuerte que aquello parecía el diluvio universal. El graderío estaba hasta los topes y la gente aunque venía preparada cada cual con su paraguas, no hubo un solo espectador que hiciera uso de él para guarecerse de la lluvia. Abrir el paraguas significaría dejar sin visión al de atrás. Todos los asistentes al partido acabamos empapados hasta el forro del gabán. Todos no, los privilegiados ocupantes del palco de autoridades salieron de la Victoria bien sequitos y sin arrugas en sus trajes. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y la autoridad sigue siendo un atributo que algunas personas tienen por razones estrictamente elitistas, para poder gobernarte, juzgarte y mandarte al paro o a la guerra; sin mojarse siquiera. Los mismos amos del cortijo de siempre, pero con más avaricia y trajes más bonitos.