En todos estos años, por pudor picual nunca he revelado mi gran secreto. Hoy lo hago para no hablar de Ceuta o de las elecciones y también para aligerar el porvenir o diluir la desesperanza. Es simple: hago magia. Sin trucos ni ases en la manga. Son prodigios de andar por casa como: arreglar una grúa tras una hora rota; encontrar pisos de alquiler (eso sí fue milagroso); que una adolescente abrace a su artista favorito; conseguir trabajos en la fecha requerida; el cese de un viento de levante y de unas lluvias torrenciales durante un viaje; el regreso de un gato pardo; disipar la niebla en una retransmisión de fútbol; un embarazo; conseguir un Uber de última hora... alguna curación. Dicen mis hijos y sobrinos que en la lista hay un porcentaje de éxito “preocupante”. Es lo mismo que mi madre pedía a San Judas Tadeo. El único requisito es que a mí me lo tienen que decir claro, porque si no, no me entero. Lo hacen casi siempre por WhatsApp. Entonces, salgo por un momento del juego de la vida, le pongo un punto de acupuntura a la realidad y restituyo la alegría. Después aseguro a todos que ya está hecho y, en efecto, en el día o momento señalado, hecho está. Así que, ya saben: voten magia.