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Llueve sobre mojado

Ha empezado a llover y ni uno solo de los opositores que ocupan las mesas de la biblioteca en la que trabajo ha levantado la cabeza. Persisten en ese futuro que promete una nómina tras otra antes, siquiera, de que acabe el mes. Y bien que hacen, claro. Supongo que esos montones de papeles que manejan aprecian otra forma de lluvia y, sobre todo, la manera de permanecer a cubierto. Yo me he asomado a la calle a sabiendas de que allí me encontraría con Manuel. Le entusiasma este espectáculo. Y a la par le asusta por la alta probabilidad de que, en estas fechas, el agua venga en forma de granizo.

Que nunca llueva a gusto de todos constata las particularidades de cada uno. Y de nada sirve que nos empeñemos en establecer varemos de prioridad: por más que nos asombre y enoje, en el mercado de las emociones el precio del deseo de un agricultor que clama por unos cuantos litros de agua que salven su cosecha vale exactamente lo mismo que el de esa pareja de novios que han planeado la celebración de su boda al aire libre. “Llueve sobre mojado”, dice al pronto Manuel. En tardes así, tal vez por la melancolía y el magnetismo que tiende a provocar la lluvia, hablamos lo preciso. Pero esa frase hecha y consabida en su boca me origina curiosidad. Escarbo, le pregunto por su significado, y me espeta que cada día volvemos a nacer. De nuevo otra frase hecha y consabida y de nuevo la curiosidad por el fondo de la cuestión. Pero esta vez no hace falta que le repregunte: como si el niño que fue lo hubiera poseído, me habla de un tiempo sin heridas, de la posibilidad de encontrarlo y del favor intrínseco que conlleva esa búsqueda. Me sorprende. Manuel se encamina a los ochenta y la paz que yo quisiera para mí la percibo cada día en sus ojos. ¿Qué persigue? Más allá de algunas penurias en el trabajo, caigo en la cuenta de que nunca me ha mencionado grandes desgracias. Ignoro si las tuvo y sospecho que, en tal caso, tampoco me las contaría, porque hay personas que convierten los golpes en una suerte de currículo y otras que los dejan atrás como quien abandona una casa en la que ya no desea vivir. Y creo que Manuel pertenece a estas últimas.

Mientras la lluvia arrecia sobre los coches aparcados y obliga a los pocos peatones que quedan a refugiarse bajo los soportales, Manuel mira al frente y sonríe. Me dice que, de un modo u otro, todos conservamos alguna versión de nosotros mismos a la que regresar. Sonrío yo también de puro asombro: desconocía por entero esta vertiente tan filosófica suya. Añade que no se refiere a la infancia, o al menos no exactamente; y tampoco a la nostalgia que acostumbra a abrillantar y a embellecer aquello que ya no puede corregirse, que habla de algo mucho más sencillo: la capacidad de desprendernos de lo que nos sobra. “Con los años —y casi sin pretenderlo— uno va acumulando agravios, decepciones y certezas con la misma facilidad con la que se acumulan viejas llaves en un bolsillo, hasta que llega un momento en el que pesan más de lo que abren y, al fin, se comprende que nacer de nuevo no consiste en empezar otra vida, sino en dejar de cargar con lo anterior”. “¿Y eso cómo se hace?”, le pregunto. “Aprovechando el favor intrínseco que te hace persistir en esa estúpida búsqueda”, me responde cuando termina de reírse. “¿La zanahoria que persigue incansablemente el mulo, quieres decir?”. “¡La misma!”.

A mi regreso a la sala de estudio, los opositores continúan enfrascados en sus apuntes. Da igual que también siga lloviendo y que, probablemente, muy pronto la tarde de hoy se reduzca al olvido en sus cabezas. Cuando al fin aprueben sus exámenes, a más de uno y de una es fácil que se le ocurra la brillante idea de casarse o de plantar un huerto. Será entonces cuando tal vez entiendan que, para según qué cosas, una nómina solo sirve para pagar averías y que la verdadera fortuna consiste en disponer de un momento para mirar el cielo.