Llegó el invento del Hodio
Como no hay día sin sorpresa, quienes nos mandan, en lugar de gestionar bien las administraciones y resolver los problemas reales de los ciudadanos, desde un Ministerio, el de Inclusión, perfectamente prescindible, nos han sorprendido con el invento del Observatorio del odio, estigmatizándolo con una “H” de huella del ídem. Además del ruido y autobombo, pretenden con una herramienta informática que genera un gasto improcedente analizar la polarización y el supuesto discurso de odio, tratando de medir lo que no tiene mesura ni evaluación para hacer un informe —¿para qué?— y todo ello, de nuevo, absolutamente inútil porque falta la mayor, la definición, ¿quién determina qué es el odio? No puede ser un órgano administrativo de fieles devotos del partido de turno, porque cada gobierno tendría conceptos distintos; sin la depuración terminológica, el invento no sirve. En todo Estado de Derecho la determinación de lo que es injusto —y supongo que el odio lo es— lo determinan los jueces en sus sentencias, enjuiciando contradictoriamente las conductas individuales que se les someten; todo lo que no sea eso son brindis al sol o, lo que es peor, que lo califique quien no está legitimado para ello.