Cada cierto tiempo nos da por poner las cosas en orden. Abrimos armarios, cajones y estanterías con la intención de desprendernos de todo aquello que ya no necesitamos, pero enseguida aparece la duda. Una fotografía antigua, algún objeto cuya utilidad ni recordamos. ¿Lo tiro o no lo tiro? Esa es la cuestión. La verdad es que nos cuesta desprendernos de nuestras cosas. Luis García Montero escribe en Una forma de resistencia que los objetos con los que convivimos forman una especie de «currículum íntimo». Una carta, un reloj parado, un libro dedicado o una fotografía pueden no valer nada y, sin embargo, guardar un trozo de nuestra vida. Nuestras casas también dicen mucho de nosotros. Los libros, los cuadros, las fotografías, el orden y hasta el desorden nos retratan. El problema llega cuando terminamos rodeados de cosas que ni usamos ni necesitamos. Ahora, además, tenemos otro armario que nunca parece llenarse: el teléfono móvil. Miles de fotografías, vídeos, mensajes y documentos que guardamos sin saber muy bien para qué. Antes llenábamos los cajones y los trasteros; ahora llenamos también la nube. Cambian los tiempos, pero seguimos siendo los mismos. Y, sin embargo, qué bien nos sentimos después de hacer limpieza. El cajón vuelve a cerrar, aparecen huecos en las estanterías y la mesa del despacho queda despejada. Desprendernos de algunas cosas nos hace sentir un poco más libres. Quizá esa limpieza doméstica encierre también una enseñanza. La vida nos obliga continuamente a dejar cosas atrás. Lugares, trabajos, proyectos y, lo más doloroso, amigos y personas queridas. Con los años vamos comprendiendo que casi nada es para siempre. Tal vez deberíamos hacer de vez en cuando otra limpieza, la de esos cajones que no se ven, donde guardamos viejos enfados, preocupaciones inútiles, rencores y obligaciones que nosotros mismos nos imponemos. Al final, quizá se trate simplemente de conservar lo verdaderamente importante y aprender a desprendernos de lo demás. Porque, después de toda una vida acumulando cosas, Machado nos recordó cómo termina el último viaje: “ligero de equipaje”.