Liderar sin etiquetas

    16 nov 2025 / 14:19 H.
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    Hay un instante, justo antes de que una mujer toma la palabra en un foro empresarial, que casi nadie percibe. Es un segundo mínimo en el que decide si mostrarse tal cual es o refugiarse en lo que otros esperan de ella. Ese segundo, invisible y silencioso, dice más sobre liderazgo que muchos discursos.

    Hace unos días participé en una mesa redonda sobre empleabilidad femenina en el tejido empresarial local. No había grandes ejecutivas ni organigramas complejos. Había dueñas de pequeñas tiendas, responsables de talleres familiares, gestoras de equipos cortos, mujeres que sostienen cada día pymes que mantienen viva la economía real. Y, aun así, la pregunta que flotaba era la misma que en los altos despachos: ¿cómo lo han conseguido sin dejar de ser ellas mismas?

    Escucharlas fue entrar en ese “juego interior” del que hablan algunos estudios: propósito, dudas, coraje y autenticidad. Pero también realismo, cansancio, intuición y una voluntad que no necesita adjetivos heroicos. Son mujeres acostumbradas a hacer que las cosas pasen sin pedir permiso.

    Una de las ponentes, propietaria de una empresa de suministros, confesó que lo más difícil no fue abrir su negocio, sino atreverse a verse capaz cuando su entorno no lo veía igual. Lo dijo casi en voz baja: “Si no hubiera tenido claro para qué lo hacía, me habría vuelto atrás”. Su frase explicaba por qué el propósito no es un lema, sino un motor cuando el miedo hace demasiado ruido.

    Otra, que dirige un taller de carpintería con un equipo masculino, habló del arte de generar confianza. “No necesito que me quieran”, dijo. “Necesito que confíen.” Construir relaciones auténticas no es agradar, es ser clara, escuchar incluso en el desacuerdo y entender que pedir ayuda no es debilidad, sino inteligencia. Lo dijo con esa naturalidad de quien ha aprendido más en la práctica que en cien manuales.

    También surgió la transición del hacer al dirigir. Muchas han llegado lejos porque saben hacerlo todo: atender, gestionar, resolver, improvisar. Pero descubrieron que, si querían que su negocio creciera, debían ocupar otro lugar: el de quien marca el rumbo sin bloquearlo. “Me costó dejar de controlar cada detalle”, admitió una gerente de una clínica. “Pero si quería que mi gente confiara, debía empezar por confiar yo”.

    La conversación tomó profundidad cuando hablaron de humildad bien entendida. Una de ellas recordó que, al asumir la dirección de una cooperativa, alguien cuestionó que fuese “el perfil adecuado”. Lo narró con serenidad: “No me debilitó. Me obligó a crecer”. No se endureció, afinó su criterio. Ese coraje tranquilo que no necesita imponerse para hacerse valer.

    Y también hablaron de la vida fuera del negocio. No buscan perfección, sino coherencia. Pactos familiares, renuncias elegidas, autocuidado como obligación y no como lujo. Una contaba que su madre era “su socia silenciosa”. Otra, que había aprendido a decir no sin justificarse. No había dramatismo: había madurez. Y un recordatorio poderoso de que la energía también se gestiona.

    Cuando terminó la mesa, entendí que mi lugar allí no era solo escuchar, sino servir de puente. Mi experiencia junto a estas mujeres me recordó la importancia de visibilizar su trabajo sin imposturas, sin relatos forzados, sin esa necesidad de demostrar algo extra que a los hombres rara vez se les exige.

    Porque aquí quiero ser muy claro: entiendo, valoro y comparto la aportación de las mujeres al tejido empresarial. Conozco su peso real, no simbólico. Pero, por favor, no hace falta envolverlo en discursos impostados ni convertir cada intervención en un manifiesto obligatorio. Ni ellas lo necesitan ni lo piden.

    Esto no va de cuotas de relato ni de justificar presencias. Esto va de que lideren los mejores... y las mejores. Con naturalidad, sin disfraces, sin estrategias de pose. Porque cuando la igualdad es auténtica, el liderazgo —venga de quien venga— se reconoce solo.

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