Trajeron al gringo a enterrar. Al día siguiente jueves llegó don José, amo de la hacienda. Un cartelón a la entrada del pueblo dice que se fundó para los negros libertos. Antes vivían en pabellones. Se pensó numerar las casas, pero se señalaron con letras. Se pensó entregarlas gratis, pero se acabó cobrando renta. Los destinatarios, hombres libres, ahora recibían el estipendio de su trabajo. El caso fue que, nada más llegar, el amo echó afuera a los familiares, dolientes y amigos que velaban al difunto. Se quedó a solas con el cadáver del gringo. Según excusó, el amo tenía que platicar con él sobre unos secretos. Tras cuatro horas de encierro, el capataz resolvió irrumpir en el velatorio y ver qué ocurría. Hallaron al amo don José rígido sobre el catafalco, pero a nadie más. El gringo Suárez no estaba, ni vivo ni muerto. El cura mandó celebrar las honras fúnebres sobre el único cadáver presente. Luego vieron al gringo Suárez vivito y coleando. Había convenido con el amo cambiarse por él. En la otra vida, dijo el gringo, había menos carajos que en la presente. Cambiaron. Ahora el gringo es el amo, y sufre nuestras impertinencias. Don José en cambio campea libre de boliches y carajos.