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Leyenda del Gijón

Los mejores artículos de los años 50 y 60 se escribieron sobre la mesa de un café, desde César González Ruano al entonces joven Francisco Umbral, entre una atmósfera de conversaciones neumáticas y humo de tabaco negro, en su mayoría “Ducados”. César se sentaba siempre en la misma mesa del Café Gijón, en el madrileño Paseo de Recoletos, y allí pedía al botones “recado de escribir”, que consistía en una pequeña bandeja con cuartillas y un tintero, pues el maestro ya traía la pluma estilográfica Parker en un bolsillo de su impecable traje gris oscuro, con corbata negra, y camisa planchadísima, y en el Café escribía César pausadamente sus artículos, y también parte de sus monumentales memorias, que terminan con esas estremecedoras palabras: “La muerte es blanca. El miedo es blanco”, escritas solo unos días antes de morir. Una tarde, un entrevistador calificó a César de “escritor y periodista”, a lo que el maestro replicó: “Eso es como decir médico y practicante”. Pero las tertulias seguían ajenas al recorrido de la estilográfica de González Ruano a través de la prosa. El articulista se hace escribiendo artículos, dijo alguien. Hay que escribir dos artículos al día, uno para vivir y el otro para beber, afirmó otro. Y cuando César terminaba el escrito, doblaba cuidadosamente las cuartillas y las introducía en un sobre, que entregaba al botones para que lo acercara al periódico.

El Gijón goza de una larga leyenda de nombres, anécdotas y rumores. Escribió Francisco Umbral: “El Gijón era el teatro social de Buero Vallejo, el cachondeo erosionante de Fernán Gómez y la poesía maldita de Carlos Oroza (...) El Gijón era el gulag de escritores, actores, cómicos y marquesas antifranquistas”. Al Gijón iban los consagrados y los noveles, y muchos buscavidas de aquella época áspera, en todo caso fría, que encontraban allí el efímero consuelo de un café cortado caliente, que pocas veces podían acompañar de un bollo. La musa en los 60 del local era Sandra, una joven atractiva e intelectual, permanentemente acechada por tertulianos y aspirantes a escritor, de la que tiempo después se comentó que era hija de Negrín, el socialista que arrastró la leyenda del “oro de Moscú”. Un día llegaron unas señoras arregladísimas y se dirigieron a Sandra. “¿Y usted, hija, a qué se dedica, es actriz?”. La respuesta: “No señora, yo soy puta”. Francisco Umbral hablaba con Fernán Gómez en una mesa. Y Manuel Vicent, el último clásico moderno, que continúa escribiendo extraordinarios artículos y libros, tenía tertulia diaria con los actores Álvaro de Luna y Manuel Alexandre (ya fallecidos). Ha escrito recientemente Vicent: “Llegó un momento en que supe que el Café Gijón también era una mala forma de envejecer y por eso, hace años, opté por bajarme en la primera parada y dejar que la nave se alejara en la niebla por la Castellana, río abajo”.

Los antiguos propietarios han vendido el Gijón a la cadena Cappuccino, que ha realizado una reforma en profundidad de ese antiguo local, pero lo han dejado casi igual, con toda su esencia, solo que con más comodidad y brillo. Estos días acuden numerosos turistas que se hacen fotos en el interior del Café. El centro de Madrid pertenece desde hace tiempo al turismo. Madrid dejó de ser “un poblachón manchego”, como lo definió Umbral. En el Gijón suena ahora un hilo musical, que acompaña de manera tenue las conversaciones. Siempre será aquel café de primavera con el invierno aún dentro. La leyenda del Gijón traspasa el tiempo.