Quien haya pensado que el verano jiennense se reduce a combatir el termómetro y buscar una sombra habrá tenido que rectificar este agosto. Entre noticias de alcance nacional, fenómenos excepcionales y debates estrictamente locales, en Jaén no hemos tenido demasiado margen para el aburrimiento. El eclipse solar total del 12 de agosto hizo que pusiéramos los ojos en el cielo y nos recordó que, incluso en una época de prisas, pantallas y discusiones cotidianas, todavía somos capaces de detenernos para contemplar un acontecimiento compartido. Un fenómeno astronómico que invitó a mirar hacia arriba. Más difícil ha sido mirar hacia los incendios tan descomunales que este verano han castigado distintos puntos de España. Tras cada imagen de bosques calcinados, desalojos y personas que pierden parte de su vida, queda una pregunta incómoda: si estamos haciendo lo suficiente para prevenir una tragedia que ya no puede calificarse de excepcional. La respuesta a la misma se nos viene a la mente, de manera inmediata, no, por supuesto que no estamos haciendo lo suficiente. La protección del monte, la limpieza, la vigilancia y los medios de extinción no deberían convertirse en asunto de urgencia solamente cuando aparecen las llamas. Y, finalmente, tampoco han faltado asuntos que nos obligan a mirar a las fronteras. La crisis de Ceuta y Melilla vuelve a evidenciar una realidad compleja, humana y política, que no admite consignas fáciles. Hablar de control fronterizo es necesario, como también lo es hablar de dignidad, cooperación internacional y respuestas. Y, mientras tanto, Jaén ha seguido pendiente de su propia Plaza de la Constitución. Las obras en un espacio tan central nunca pasan inadvertidas: afectan a comercios, peatones, tráfico y a la manera de vivir la ciudad. Es lógico que generen incomodidad y debate. Así que no, este verano no ha sido aburrido en nuestra tierra. Ha sido un verano para mirar al cielo, atender al fuego, pensar en nuestras fronteras y discutir —como corresponde— sobre la ciudad que queremos habitar. Las obras en un espacio tan central nunca pasan inadvertidas: afectan a comercios, peatones, tráfico y a la manera de vivir la ciudad”.