Leer o no leer

    20 mar 2026 / 18:00 H.
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    Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los jóvenes leían —leíamos— cuantos libros caían en nuestras manos. A veces por consejo/imposición curricular, pero en otras por alimentar ese gusanillo que despierta el ansia por descubrir esa literatura que ha devenido en la actual. Se nos suponía, como el valor en tiempos de mili obligatoria, una cierta comprensión lectora como resultado del esfuerzo del sistema educativo y del empeño personal.

    Ese tiempo parece haberse diluido a medida que las hojas de los calendarios iban cayendo. Cada día nos asaltan noticias en redes sociales, en reportajes televisivos e incluso en prensa escrita, que hablan del descenso de la lectura en esas edades supuestamente proclives a descubrir sus encantos. En un estudio reciente se afirmaba, para nuestro sonrojo, que los estudiantes de nuestro país alcanzan niveles muy por debajo de la media de la OCDE y de la UE en comprensión lectora. Y, lo que ahonda más en la “desastrosa” realidad es comprobar que sus calificaciones son inferiores a las de alumnos de Bachillerato de otros países europeos, en especial los nórdicos.

    No me resisto a reproducir una idea de un artículo reciente: “Muchas veces los malos resultados en comprensión lectora son parte de una cadena que arranca desde edades tempranas, se mantiene durante la infancia y la adolescencia, y que se manifiesta en última instancia en la Universidad” (Adrián Cordellat. EL PAÍS) Una vez más todos los problemas, no solo de la lectura, se achacan al sistema educativo y, lo que es peor, desde sus inicios. Bien es cierto que muchos docentes se han ido “quejando” de ciertas carencias que, curiosamente, se han vendido como avances y que han esquilmado la formación final del alumnado, pero sus opiniones, las nuestras, las de quienes soportan/soportamos el peso del sistema en primera instancia, rara vez son tenidas en cuenta por los políticos de despacho y finalmente priman las declaraciones de un mal entendido “progresismo” sobre la realidad tozuda a la que deberían enfrentarse.

    A todo ello hay que añadir el goteo incesante de supuestos “influencer” que se dedican a inundar las redes con las más peregrinas afirmaciones, consejos o vídeos tendentes solo a obtener muchos likes y que tanto mal han hecho y siguen haciendo. María Pombo, un ejemplar de dudosa ejemplaridad, valga la redundancia, proclamaba que ni leía, ni tenía libros y afirmaba que de poco servía leer. Por supuesto incidía en el desmontaje de esas ideas, parece que prehistóricas, que relacionaban la lectura con un cierto avance personal. Con ese tipo de antecedentes y de soflamas negativas no es nada raro, como decíamos al principio, encontrar también en las redes preguntas como la de una muchacha andaluza, de Sevilla, que ante un ejemplar de “Cumbres Borrascosas” la obra de Emily Brönte, posteó que el libro se le había “atravesado” y que no entendía palabras como “antonomasia” o “estaño”. Un ejemplo más de a dónde ha llegado su generación en cuanto a la desalfabetización. Estamos en un peldaño en el que los jóvenes tienen serias dificultades para expresar una idea con frases largas, argumentar o entender y comentar conceptos, digamos, abstractos. ¿Son las redes y la IA los únicos culpables? Hay comentarios del profesorado de Secundaria, Bachiller e incluso Universidad que afirman que si un libro no existe en versión online es como si no existiera. Y leer en “modo digital” implica hacerlo en diagonal, buscando palabras clave y obviando el resto. Con ello se pierde la verdadera esencia de la lectura, del lector, de la lectora. Pero, atención, existe otra corriente de opinión que acepta y aplaude esas “nuevas” lecturas ya que, al haberse perdido la costumbre de leer en papel, “lo que se lleva ahora” como el tractor amarillo de la canción, es pasearse por el teléfono, la tableta o el ordenador y descubrir las plataformas de contenido audiovisual que asaltan a los jóvenes. ¿Qué futuro les espera a los libros? ¿Y a los lectores? Leer o no leer... esa es la cuestión.

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