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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Lealtad versus competencia

Acabo de encontrar dos citas de las que hacen pensar. Una es literaria. Juan Manuel de Prada, en “Mil ojos esconde la noche”, menciona que, en el difícil ambiente de la comunidad de artistas españoles que recaló en el París ocupado por los alemanes, el agregado policial en la Embajada de España envía una carta al director general de Seguridad diciéndole que el delegado de la sección exterior de Falange era un vulgar comerciante sin especiales cualidades para el cargo y que solo se mantiene en él por aquellos que lo apoyan a la espera de alguna prebenda.

La segunda cita es audiovisual. Con motivo del aniversario de la catástrofe de Chernóbil y revisando la serie de HBO observo que el personaje de la física nuclear Khomyuk le comenta al Segundo Secretario del Partido Comunista en Bielorrusia, Garanin, que ante el peligro que se avecina deberían tomarse medidas. El burócrata le dice que el Partido ya ha dicho que todo está controlado y que no hará nada por contradecir la postura oficial. Entonces ella le dice: antes de ocupar este cargo, “usted arreglaba zapatos”. Y él responde: Sí, pero ahora soy el que manda.

Dos situaciones que, con las debidas distancias, nos invitan a meditar sobre quién o quiénes ocupan no ya el poder, que también, sino —y eso es más grave— quién o quienes se ocupan, o deberían hacerlo, de nuestra seguridad, economía, cultura, educación y cualquier otro aspecto que marca nuestra vida como ciudadanos.

Lamento profundamente que una comprensible asociación de ideas me lleve a las salas donde fiscales y abogados dirimen culpabilidades de algunos de esos altos cargos que deberían estar al mando con seriedad y, sobre todo, conocimiento. Esa última palabra es crucial. ¿Saben algunos políticos algo sobre la materia que dirigen? No saben ni se considera necesario. En realidad, el político es quien gestiona lo que se hace con el dinero público y el técnico o asesor debería, véase el condicional, ayudarle o indicarle el camino correcto por donde llevar los presupuestos. La teoría es impecable. A los técnicos no los elegimos en votación y a los políticos sí. Pero llegamos al punto de inflexión. ¿Cómo y por qué se elige a un asesor? ¿Se valora su formación o su relación más o menos amistosa con el político de turno? La vergüenza me invade hasta la náusea cuando observo, por ejemplo, que el asesor principal del exministro de Transportes, dicen, es el antiguo portero de un antro de dudosa moralidad y que, en el ejercicio de sus funciones se preocupó de conseguir puestos de trabajo a chicas que, más allá de carecer de cualquier cualificación, no aparecían siquiera por las oficinas en las que, supuestamente, se ganaban un sueldo con cargo al dinero público. No es ese el único ejemplo que nos hace a los ciudadanos dudar de los procesos demasiado laxos para seleccionar a los que asesoran al poder. Los políticos prometen y el asesor debería hacerles poner los pies en la tierra. No obstante, la lealtad al cargo no debe anteponerse a la competencia. Un buen asesor debe colaborar con el político por el bien común. Y viceversa. Los políticos deben tener cierta formación y los asesores también, quizá como funcionarios de carrera o similar. No es de recibo ver a personas sin formación alguna decidiendo temas importantes para eso que llaman, con mirada electoral, “el pueblo”.