Quienes admiramos a Joaquín Sabina desde el inicio de los tiempos le perdonamos todo, pues todo de él nos gusta. Nos gusta su personalidad, su picaresca y picardía de letraherido musical, incluso la voz de rastrojo quemado que ha echado con los años. Es más, no entiendo cómo, habiéndole concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Leonard Cohen, el ubetense no tiene el Princesa de Asturias de las Letras o el de las Artes. Es de justicia poética que se lo otorguen, cuanto antes, mejor.
Después de Frank Sinatra con su New York, New York, la mejor canción de amor a una ciudad es “Pongamos que hablo de Madrid”, de Sabina. A los jaeneros nos emocionan dos versos suyos introducidos hacia el final de esa balada que nunca ha necesitado mecheros encendidos: “Cuando la muerte venga a visitarme/ que me lleven al sur, donde nací”. Sin embargo, JS nunca ha compuesto una canción sobre su tierra natal. Estamos huérfanos de un tema musical que podría haberse convertido en una suerte de himno sentimental y, de paso, en una impagable publicidad intergeneracional. Y es que no olvidemos que, si los nacidos en esta provincia no cantamos sus excelencias —por mucho o poco oído que tengamos—, nadie va a hacerlo por nosotros. La falta de autoestima colectiva sigue siendo nuestra asignatura pendiente.
No somos conscientes de la riqueza que suponen las tres pes de Jaén: pasado, patrimonio y paisaje.
Entre las virtudes de los franceses está el respeto por su pasado y el valor que conceden a los lugares cargados de alta densidad histórica. Las playas de Normandía, junto con el Memorial de Caen, constituyen un modelo ejemplar de conservación de restos materiales y de explicación de la trascendencia de aquella batalla de la Segunda Guerra Mundial. Hay un turismo internacional que visita ese lugar de memoria, y en él flota una electrizante atmósfera que encandila a los amantes del estudio de épocas pasadas.
En tierras jiennenses poseemos dos lugares de memoria capitales: Bailén y las Navas de Tolosa, ambos infrautilizados de cara al turismo e infravalorados por nosotros mismos. Recientemente, el terreno donde se enfrentaron el ejército cristiano y el almohade en 1212 está siendo objeto de un proyecto de investigación científico codirigido por Juan Carlos Castillo Armenteros, mi excelente profesor de Historia Medieval de la UJA —y cronista de Jaén capital—, lo cual garantiza que, aunque con una intolerable tardanza de décadas, el campo de batalla de las Navas de Tolosa esté siendo estudiado con rigor.
Pero los aspectos bélicos son una mera una porción del pasado. Jaén detenta una acumulación histórica similar o superior a la de muchas otras provincias e incluso comunidades autónomas. Solamente se ama aquello que se conoce. Vivimos en una tierra digna de un amor a primera vista a poco que descubramos su pasado.
En cantidad y calidad de patrimonio artístico —a pesar del derribado por nuestra incuria desde la década de 1960— rivalizamos con cualquier lugar de España. Un ejemplo son Úbeda y Baeza, que parecen dos ciudades de la Toscana trasladadas a Andalucía y cuya catalogación como Patrimonio de la Humanidad, además de priorizar su conservación, ha atraído un turismo de calidad inimaginable años atrás. Pero es que, en cuestión de patrimonio cultural y vivencial, somos únicos.
Conservamos una cultura popular presente en ámbitos como la gastronomía, el folclore, la literatura y el arte que determina unas formas de vida reposadas y disfrutonas. Esto, sumado a la creciente modernidad en la que nos vamos embarcando —aunque sea a trancas y barrancas—, constituye el sustrato de una calidad de vida de la que gozamos sin ser plenamente conscientes por ser connatural a nuestros ritmos cotidianos. El ensamblaje del pasado con el presente se consigue gracias a unas pautas vitales heredadas de nuestros padres y abuelos que perduran de manera callada y que, por su mezcla de practicidad y serenidad, resultan exitosas a estas alturas del siglo XXI.
En la tercera pe, la del paisaje, si le echamos un pulso a cualquiera, lo pierde. Ni siquiera el Norte, con su naturaleza verde extraída del Génesis, le hace sombra a las sierras jaeneras y al bosque geométrico de olivar, un mare Oleum de interior. La heterogeneidad paisajística, y abrumadora belleza de unos montes de color violáceo —vistos desde la distancia—, de la campiña, de las vastas serranías y de una pleamar olivarera componen un paisaje propio de un país dentro de una provincia, como ocurre en nuestra tierra, que lamentablemente aún arrastra la definición de ser la octava provincia andaluza, la última en inversiones en infraestructuras, la gran olvidada de las administraciones públicas así pasen las décadas y las centurias.
La consciencia de habitar en un territorio privilegiado no puede desembocar en la autocomplacencia. A veces, los oasis devienen en espejismos. En lo que va de siglo estamos sufriendo una sangría de los jóvenes más cualificados, y no somos un electroimán que atraiga talento comparable al de las provincias andaluzas más dinámicas. Jamás tendremos AVE —ni siquiera los inocentones sucedáneos que tantas veces nos han prometido y prometen con desparpajo y chulería—, pero vamos encarrilados en la alta velocidad hacia un envejecimiento provincial, hacia un paraíso interior de jubilados. En casi todas las provincias de Andalucía hay en marcha proyectos industriales y empresariales de envergadura; en la nuestra, por contra, se arrancan olivos casi manu militari para plantar paneles solares. El paletismo unamuniano “¡que inventen ellos!” hay que trocarlo por copiar aquello que funciona en lugares cercanos. No tenemos un Antonio Banderas que dé ejemplo invirtiendo, viviendo y publicitando la provincia donde nació, pero podemos aprender mucho de Málaga. Disponemos de lo mejor que nos ha sucedido en el tiempo reciente: la Universidad de Jaén, ante todo, y también, la sede Antonio Machado de Baeza de la UNIA. En ellas cifro mis esperanzas.
¿Qué fue del siglo XX?, la célebre canción de 091 que yo cantaba con euforia, es una preciosa elegía de un siglo que todavía permanece enraizado en quienes deshojamos nuestra juventud en aquellos años de acelerón histórico. Las canciones ponen banda sonora a las revoluciones y a los mejores años de nuestra vida. Jaén no tendrá quien le cante, pero sí quien le escriba, así que podemos afirmar que tiene un esplendoroso futuro cargado de pasado.