Los veranos de Jaén han cambiado totalmente, y eso es debido al tan cacareado y manoseado cambio climático. Entonces no había tantos coches ni accidentes mortales en la carretera, y para ir a los puentes, eso sí, para buscar un atajo te ibas por el tejar del Taranto, tenías que ir a música de talón, o sea, andando que es gerundio. Llegabas al Puente Nuevo, Jontoya o Presa de los Caballos y con solo ver el agua del río Guadalbullón, le hacías la competencia natatoria a los insectos llamados zapateros. Esto era un ejercicio barato y asequible a todos los bolsillos. Te daba una inmensa alegría al ver el agua tan cerca y te refrescabas del sudor acumulado de la larga caminata. Una vez que te dabas los cuatro o cinco baños, vuelta a Jaén, no sin antes hurtabas al hortelano unas manzanas de cera, albérchigos o perillas san juaneras, que quitaban el hipo, y si te cogía el dueño de la huerta, un par de pescozones eran inevitables. En aquel complicado tiempo, lleno de miseria y falto de pan, comerse una pipirrana a pie de orilla, acompañado de un buen vaso de ponche de “malacatón”, era todo un lujo. Recordar es vivir el tiempo perdido, como lo hacía el escritor galo Marcel Proust, aunque nunca lo encontró para desdicha suya.