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Las cuentas del alma

Todos nos equivocamos (yo mucho) y vamos endeudándonos a base de cheques de cariño sin fondos, letras de canciones de amor vencidas y protestadas, pagarés de traiciones a 90 días, compromisos incumplidos por culpa de sus cláusulas de letra minúscula y nuestra interesada miopía. Incluso sin querer, avanzamos por la vida pisando charcos y pies y corazones y esperanzas, bailando alrededor de nuestra propia hoguera, empeñados en cazar cada noche una estrella fugaz. Dejamos en casa, en un cajón, la ética y la bondad y tomamos las calles con el ímpetu de conquistadores de un nuevo mundo que no es tal, porque nació tan viejo como nosotros. Intercambiamos miradas, bromas, risas y besos y somos dueños del tiempo hasta que se gasta y el espejo nos devuelve el reflejo de un desconocido que nos negamos a ser. Un tipo vulgar, ensanchado y alopécico, al que solo unos pocos recuerdan como un modestísimo reyezuelo del mambo. Y refugiados en casa, justamente destronados, nos entregamos a una vigilia perpetua por la que desfilan caras, frases, gestos y hechos que se confunden en los posos de la gran tristeza. Y de repente, y para siempre, somos conscientes de todos nuestros errores. Por mi parte, pido perdón por lo que fui, cuando no fui el que debía ser.