Al caer la tarde en La Fresnedilla empieza a oler distinto. El tomillo se despierta y sube ladera arriba mezclado con el balido de una oveja y el ladrido perezoso de Chita, que no se molesta ni en levantar la cabeza. Mi hermano sostiene a su hija en brazos, de solo unos meses, y la mira con una expresión que yo reconozco, la misma con la que de niño se detenía a mirar un caracol recién salido de su concha, como si el mundo tuviera todavía cosas nuevas que enseñarle.
Hay pérdidas que suceden tan despacio que nadie es capaz de señalar el instante exacto en que ocurrieron. Nadie recuerda el día en que dejó de mirar el cielo al salir de casa, cuándo dejó de detenerse para observar una hormiga cargando una hoja hasta su hormiguero o en qué momento una tarde cualquiera dejó de ser una aventura para convertirse en un hueco entre obligaciones. Creemos que la infancia termina a una edad concreta, pero cuando realmente acaba es el día en que dejamos de asombrarnos con las cosas pequeñas. El niño o la niña que fuimos no desaparece de golpe; se va apagando sin enterarnos, hasta que un día descubrimos que llevamos demasiado tiempo sin sentir ese fogonazo de ilusión que antes cabía en cualquier cosa.
De pequeños, en mi casa, no necesitábamos casi nada para sentirnos inmensamente ricos. Un palo era una espada, una piedra un camión y cualquier cosa bastaba para inventar un mundo. La felicidad no dependía de lo que poseíamos, sino de la ilusión con la que mirábamos cuanto nos rodeaba. Mis padres nos enseñaron que las patatas fritas eran el mejor manjar del mundo, que el trabajo era salud y alegría, que nadie era mejor que nosotros ni nosotros mejores que nadie y que cualquier cosa merecía hacerse lo mejor posible. Después empezamos a correr, a competir, a producir, a acumular, y aprendimos a medir nuestro valor por el trabajo, por el reconocimiento, por el dinero, por todo aquello que puede compararse, y mientras perseguíamos una vida mejor, la vida fue pasando por delante de nosotros. Nos volvimos grises por dentro aunque por fuera luciéramos un aspecto radiante. Casi todos intuimos que algo no funciona. Lo notamos en el cansancio que no desaparece después de dormir, en la ansiedad convertida en compañera habitual, en esa tristeza difícil que nada hace desaparecer. Repetimos la misma rutina una y otra vez, aunque sabemos que nos está enfermando, y hemos llegado a confundir lo verdaderamente importante con lo que sobra.
Hace unos días entrevisté a mi hermano Jose Álvarez con la idea de hablar de su trabajo, de su trayectoria, pues siempre intento buscar personas singulares de la Sierra de Segura que considero merecen un espacio en esta sección. Él vive en un cortijo de Siles, rodeado de naturaleza, con la sierra abriéndose delante de la casa. Es fisioterapeuta y dirige una clínica en La Puerta de Segura y otra en Albacete. Llegó a la profesión casi por azar, gracias al consejo de un primo, y se marchó a Málaga con un único sueño: encontrar un oficio que le permitiera quedarse en su pueblo. Allí descubrió que aquella profesión estaba hecha para él. Hoy llegan hasta su consulta personas de muchos lugares de España. Él insiste en que no hace nada extraordinario y que cualquier buen profesional podría ayudarlas igual. Durante la entrevista dijo frases como: “Tengo el poder de enamorarme de las pequeñas cosas”, “Lo material te genera más dependencia que otra cosa”, “El dolor desnuda a las personas”. Nunca utiliza palabras grandes para hablar de la vida. Y, sin darse cuenta, termina diciendo mucho más de sí mismo que quienes necesitan hablar continuamente de sí. Pero esa forma de mirar no salió indemne.
Hubo años en los que se entregó tanto a los demás que se olvidó de sí mismo. Como el caballero de aquel cuento que tanto combatió que, al querer quitarse la armadura, descubrió que se le había oxidado encima, mi hermano se perdió reuniones familiares y dejó amistades por el camino, y el trabajo se convirtió en una obligación gris de la que no sabía desprenderse. Entonces enfermó nuestra madre, y el dolor que tanto había ayudado a aliviar se volvió propio, sin traducción posible. Durante ese tiempo su luz de niño se apagó, y él iba a trabajar con el corazón encallecido, sintiéndose culpable de haber dado tanto a los demás y tan poco a sí mismo.
Como sucede tantas veces, fue el dolor el que terminó devolviéndolo a la vida. Volvió a subir a la montaña para recordar que allí se sentía como pez en el agua, volvió a recuperar su capacidad de asombro, de disfrutar de las cosas sencillas, y comprendió que ninguna vocación merece el precio de olvidarse de vivir. La vida, o el karma, si es que existe algo parecido, le devolvió con creces lo que parecía haber perdido: un amor, Jeny, que lo comprende y le da equilibrio, y una hija, Jimena, con la que puede ejercitar esa mirada de niño cada día, sin esfuerzo, porque a su lado el mundo vuelve a estrenarse cada mañana. Él piensa que lo más importante que puede regalarle a su hija es su tiempo, y compara la vida con un trozo de pan duro: “Si aprendes a saborearla de verdad, nunca te faltará nada”.
Apagué la grabadora y comprendí que quizá llevamos demasiado tiempo buscando la felicidad donde nunca estuvo. Pensábamos que estaba un poco más lejos, un poco más arriba, un poco más adelante. Y tal vez siempre permaneció donde la dejamos de niños, en ese enamorarnos de las cosas pequeñas.
Mientras termino de escribir estas líneas vuelvo, casi sin querer, a aquella tarde en La Fresnedilla. El tomillo sigue oliendo igual cuando cae el sol. Chita continúa tumbada junto a la puerta, demasiado sabia para gastar energía inútilmente. Mi hermano sostiene a Jimena entre los brazos y ella mira una mariposa con el asombro con el que solo miran los niños las cosas que todavía no saben que son pequeñas.