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Las Contradicciones

Luna quiso cumplir el sueño de viajar a Manhattan, movida por el deseo de conocer esa imagen de prosperidad con las que nos bombardean. Descubrió las basuras en la calle porque la empresa privada la recogía a lo largo del día; que la miseria de personas vulnerables no sale en películas, y si salen son actores que les roban la poca identidad que les queda; que la salud depende del bolsillo, solo te curan en función de lo que puedas pagar. Conoció una cultura que asume especular y obtener ganancias de las necesidades básicas como identidad nacional. Su recuerdo: que en España se vive mejor que en ningún otro sitio. Establecer una fiesta nacional pretende identificar y recordar la identidad colectiva que nos une e iguala como cultura diversa y rica en valores humanistas, en la que se tiene presente a la otra persona. Prueba de ello es nuestro primer puesto como el país con más donaciones de órganos, por encima de todos los más desarrollados. Y, sin embargo, líderes, representantes y quienes utilizan el espacio público para defender los derechos y la dignidad de vivir y pertenecer a España evidencian profundas contradicciones entre sus ideas, sus palabras y sus comportamientos. Pese a tener información suficiente para reconocer sus errores, se limitan a elaborar discursos que justifican sus ideas iniciales, aunque se alejen de la realidad. Han normalizado esta disonancia en su discurso y conducta pública mediante sesgos que les llevan a destacar solo la información que justifica sus actos e ignorar la que los contradice. O construir razonamientos que justifiquen sus conclusiones sin evidencias: un cuchillo de untar convertido en arma peligrosa. O atribuirse los éxitos y achacar los errores a causas ajenas, eludiendo su responsabilidad con un “no me consta”. Y finalmente mantenerse en su creencia, aunque las pruebas demuestren lo contrario, el efecto Trump: “sois un medio mentiroso, fake”. Todos defienden la igualdad de los españoles, pero sus actos y decisiones simplemente la contradicen. Si el valor que nos une es nuestra riqueza y diversidad reconocida constitucionalmente, ¿cómo es posible que estemos debatiendo en el discurso público quién tiene o no la razón con términos despreciativos, agresivos y violentos, cuando de lo que se debería estar hablando es de demócratas o no demócratas? Hay instalada una “hipocresía consciente”, conocedores de la contradicción entre lo que dicen y lo que hacen, escondiéndolo interesadamente. Solo así se entiende el fenómeno Rufián, de garante de derechos sociales a salvador de su asiento, como si los vulnerables de su comunidad valieran más que los demás; o el de aquellos que creen en el humanismo católico frente al Papa y después permiten la especulación económica con la satisfacción de las necesidades básicas. “Lo siento, pero la hipocresía es la base de la civilización”. Afirmaba Zizek en el año 2000 en la revista TIME. No es ingenuidad, es solo constatar que transcurrido este tiempo seguimos sin denunciar que continuamos importando valores que en nada favorecen a construir la convivencia. Sin transparencia no hay sinceridad; se quiebra la confianza y el diálogo con y entre la ciudadanía. Ánimo siga pensando e imaginando que los sueños se alcanzan solo con emociones; y recuerde: “los sueños de la razón producen monstruos”.