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Las casas sin huéspedes

Un par de veces ha saltado el motor del frigorífico desde las cuatro de la madrugada. Y van a dar las siete. No sé durante cuánto tiempo. Minutos calculo, no creo que se acerque a la media hora. También ha llovido un par de veces, también sin apenas continuidad ni estrépito, como si se tratara de una nube con alma de aspersor que quisiera recordarnos que el cielo está vivo. Ha subido el café, ese burbujeo que anuncia el principio de otro buen día. Lo ha hecho cuando ya me había fumado el primer cigarrillo, cuando ya había abierto el ordenador y apreciado el desorden que vengo arrastrando desde esta pasada primavera. He tirado de la cisterna del váter y me he sentido libre, porque anoche una amiga me contaba que, en algunas comunidades de vecinos, se aconseja retrasar ese gesto tan sencillo y rudimentario hasta después de la amanecida para, de esa forma, evitar que el ruido de los bajantes y del llenado de los tanques pueda interrumpir el sueño de los demás. Se entiende y se aplaude, incluso, pero me cuesta imaginar cómo sería este rato con un permanente tufo de aguas mayores. Y también entiendo ahora a la perfección que a algunos y a algunas les resulte completamente inevitable percibir que sus días son de mierda.

Algunos perros ladran y, aunque los lugareños se empecinan en aseverar que lo hacen para ahuyentar a los zorros, yo tengo la impresión de que sobre todo les mueven el miedo y el nerviosismo que les originan los ladridos de otros perros. Porque no son tan distintos a nosotros y porque no creo en la omnipresencia del zorro. Los míos, en cambio, continúan durmiendo: saben que solo saldrán a la calle cuando me haya recargado un par de veces la taza de café; y saben que su miedo y su nerviosismo me ponen nervioso y que, si ladro a estas horas, todo va a ir a peor. Te terminas acostumbrando a esos ladridos que atraviesan la madrugada, de la misma manera que lo hacen al ruido de los bajantes y del llenado de cisternas en esas otras muchas comunidades de vecinos en las que, a Dios gracias, todavía se comprende y se asume que nadie está exento de sufrir un fuerte apretón. Y tanto es así que, a poco que te concentres en algo, hasta el canto de los gallos y la alegría con la que reciben los pajarillos a la primera luz pasan desapercibidos.

Reconozco el sonido de los motores de todos los vehículos que duermen a diario en la aldea. El primero en arrancar es el de Homero —no falla— y lo hace un buen rato antes de las seis, la hora a la que empieza a servir cafés en Los Bravos; y una hora y algo más tarde, el de Antonio, que baja al huerto o que se dirige a algún compromiso que ha adquirido con un amigo —tampoco falla—. A partir de ahí se abre un gran paréntesis, que cierra María, ya muy cerca de las nueve, para llevar a Ayla al colegio. Hay algunos coches más en la aldea, incluso un par de tractores y mulas mecánicas, pero esos pueden pasar semanas sin moverse. También reconozco el sonido de las persianas y el de los pasos de los primeros caminantes que se aventuran a dar un paseo. Si me pillan en la calle, mis primeras palabras suelen ser “Buenos días, Marta”, acompañadas por mi habitual carraspera. ¡Malditos cigarrillos!

Pero hoy, último día de agosto, vengo a esta página para tratar de poner el acento en lo que acabamos de perder: la patulea de niños y niñas que, durante todo este mes, han colmado de algarabía el cortijo; los niños y niñas que, cuando nieve, no estarán aquí para hacer muñecos; la alegría de Dolores y Francisco, que ahora los despiden llorando. Los niños y niñas que escenifican lo que esto fue y nunca más será, como esos globos que se nos escapan de las manos y suben y suben y suben y suben hacia el cielo, el cielo vivo que nos devuelve las primeras lluvias de otoño, el amarillo de esas hojas que se terminan cayendo y amontonando frente a las puertas de las casas sin huéspedes, las casas sin huéspedes que tiritan en invierno.