A ella, a pesar de sus achaques, le gusta caminar por la ciudad. Y ayer por la tarde, paseando de incógnito, la pararon en un puesto callejero de un partido político especialmente activo, y le dieron un folleto informativo. Ella les escuchó con mucho respeto, pero aquel atropellado discurso la llevó a rememorar ciertos episodios de su tormentoso pasado. Ella es la vieja Democracia, y aunque está un poco mayor, conserva intacta su lucidez. Pero es consciente de que algunas personas no la aprecian y les gustaría verla jubilada.
El caso es que continúa activa, pese a los achaques, ejerciendo su complicada tarea. Nació en Grecia, hace casi dos mil quinientos años, pero a nosotros comenzó a visitarnos en tiempos bastante más recientes, un par de siglos atrás, aproximadamente. En aquella época, en realidad, no era muy bien recibida por las autoridades, y le costaba mucho convencer a la gente para que le hicieran un hueco en sus instituciones.
Aquello era una especie de “quiero y no puedo” en mitad de las trifulcas sociales que asolaban la nación. Se vio envuelta, por eso, en graves conflictos. Y sufrió heridas terribles en una disputa especialmente violenta que se desarrollaba en la tercera década del siglo veinte. Al final de dicho enfrentamiento, exhausta y humillada, se vio obligada a marcharse del país durante varias décadas.
Pasó, la vieja Democracia, años muy duros tratando de recomponerse. Pero no está en su naturaleza el darse por vencida, ni siquiera en las situaciones más adversas. Y en aquellos momentos su único anhelo era regresar a España. Pero tropezaba una y otra vez con la hostilidad de las autoridades. Hasta que por fin, hace ahora medio siglo, aprovechó la coyuntura favorable para, maniobrando con sumo cuidado, volver a reclamar su puesto en la sociedad española. Y se ha ido ganando la aceptación de la ciudadanía, afianzándose como un elemento imprescindible de nuestra vida. De hecho, sus hijas y sus hijos la han instalado en una sede pública, recubierta por una capa de mármol del caro y diseñada por un arquitecto de prestigio. Y allí pasa las horas, la mujer, rememorando los esfuerzos y sacrificios de tantísima gente que llegó a dar incluso la vida para que un día llegará a consolidarse como una realidad inamovible. Ahora, ella, la vieja Democracia, pasa las horas muertas en su poltrona almohadillada, con la sensación del deber cumplido, pero con el regusto amargo que experimentamos cuando lo que habíamos soñado se vuelve una monótona realidad.
Y completa, con firmas rutinarias y aburridos protocolos, su horario laboral de funcionaria vitalicia.
Por eso, cuando toca proceso electoral o sufragio, se pone muy contenta porque sabe que va a recibir la visita de sus hijas y de sus hijos que la van a montar en el coche y se la van a llevar al pueblo, que es lo que más le gusta. Y ayer, en plena campaña, cuando caminando de incógnito la pararon los de cierto partido tratando de convencerla de que los nacidos en España tienen que gozar de mayores privilegios e insinuando recelos hacia los que vienen de fuera, a ella, que nació en la lejana Grecia, y que ha sobrevivido en el exilio gracias al apoyo internacional, no pudo evitar que, pese a su neutralidad innata, se le evidenciara una sonrisa socarrona en su viejo y arrugado rostro.