La vida a la luz de una vela

    02 nov 2022 / 15:15 H.
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    La vida es como una vela en una procesión. La sostienes, la portas en tu mano y enciendes su pabilo con la ayuda de una llama que se acerca a prenderla, viene a traer la luz y que pueda alumbrar el camino que en este instante emprendes. Está asida a tu mano mientras andas despacio, siguiendo el itinerario marcado, mientras dejas que sus huellas, gota a gota, dibujen el sendero establecido. Aguardaba en silencio, esperaba que llegara el momento elegido, cuando, de repente, un beso de calor la despertaba y la luz de otra luz le transmitía la vida. Una pequeña llama florecía en su centro, era como un alegre canto de luminosos sones. La vela se vestía de un resplandor inquieto que parecía querer bailar al son de aquellas oraciones y cánticos que la madrugada dejaba sentir en las calles y plazas antes que el sol naciera. Yo miraba expectante mientras veía, que, aunque todas las velas eran iguales, al principio, según iban pasando los minutos no había ninguna idéntica, pareja o uniforme. Sentí entonces, que la vida se parece a ellas, cómo el paso del tiempo y la forma de sujetarlas las hacen diferentes. Unas, enseguida se cubren de chorreones derramando sus lágrimas y creando formas desiguales, que me hicieron pensar en los carámbanos, por cómo se agrupaban sus caprichosas gotas. Otras no lloran y llevan sus llamas espigadas, enhiestas, como si quisieran elevarse hasta el cielo y no quieren manchar los adoquines que esperan sus compases de cera sobre el quieto y frío pavimento. Hay momentos donde una esquina tiene al viento esperando y parece que, de repente, escapa de lo más alto de una torre. Llega soplando fuerte como queriendo apagar las llamas que aún permanecen encendidas. Unas se apagan, otras no quieren expirar, se visten de violeta, vuelven a sonreír sus llamas, y a otras no les afecta el viento y saben resistir a la potente embestida. La vida me recuerda a una vela en una procesión, cuando concluye, ninguna es igual que cuando se encendió. La vida es un regalo que un día nos llegó, nos vestimos de luz, seguimos el camino, con más o menos carámbanos de cera, con llamas espigadas, o quietas, siempre intentando superar obstáculos y llegar a la meta.

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